lunes, 3 de diciembre de 2012

Utopía para sobrevivir al totalitarismo financiero o Magdalena contra los evangelios canónicos.


La mañana era tan soleada como gélida, uno de esos días donde los peatones buscan los rayos que se cuelan entre los edificios mientras caminan por las aceras de la gran metrópolis ibérica; Madrid, ciudad a la que, desesperados, acuden cientos de miles de jóvenes de provincias en busca de trabajo. Claudio Magris, gran observador, escribió en una de sus crónicas, firmada en el año 1989, unas visionarias líneas sobre España: “un país que está viviendo un transformación radical y tumultuosa, un crecimiento intenso y demasiado rápido”. No sabía sin embargo, el bueno de Claudio, que poco después se crearía la ley del suelo y que las cajas de ahorros y los promotores inmobiliarios pondrían en escena la mejor performance de los últimos tiempos, una obra titulada: El arte de aparentar: cómo hacerte rico a crédito. Por las calles del Madrid histórico que pisaba Magris a finales de los noventa, por el Paseo de Recoletos, por ejemplo, me encontré con una antigua compañera de trabajo, una chica poco agraciada pero con la que siempre me sentí a gusto por ser capaz de transmitirme camaradería, algo que valoro sobremanera en las microsociedades que se establecen en el entorno laboral. Aunque caminábamos en dirección contraria, no pude reconocerla hasta que estuvo a unos pasos; se había cortado el pelo y su rostro se mostraba tan compungido que daba la impresión que había estado chupando un limón. La paré de manera brusca, colocando mi brazo a modo de barrera que no podía traspasar. Supongo que me había visto antes que yo a ella y, dada su situación de nervios y alteración, intentó evitarme. Pero la camaradería que me había mostrado cuando trabajábamos juntos merecía mi apoyo incondicional ante cualquier cosa que la hubiera hecho desgraciada. Nos dimos dos besos y sentí sus mejillas húmedas, mojadas por unas lágrimas que comenzaban a secarse. Enseguida me dijo que le perdonara, que había tenido un mal día en la oficina. Luego me preguntó qué tal me iba la vida y le dije que relativamente bien, que tenía un trabajo y que me habían vendido desde el intelectualismo tertuliano de las televisiones partidistas que debía dar gracias por ello y no protestar demasiado porque otros estaban peor que yo y porque la culpa era parcialmente mía y de otros contribuyentes, ya que durante los años de bonanza habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Inmediatamente después de concluir mi frase, por medio de la cual había intentado sintetizar no sólo mi situación personal sino también la del país en general, le pregunté por sus cosas y me dijo que necesitaría una novela para contarlo. Magdalena, que así se llama, es escritora, una escritora reconocida en los círculos intelectuales por su contribución a la novela política española y cuya obra está traducida a varios idiomas. Sin embargo, se gana la vida en una institución cultural. Sus lágrimas resecas me causaron tal curiosidad que instintivamente le dije que le invitaba a una cerveza en el bar de enfrente para que me contara su historia. El bar de enfrente no era otro que el bar Prado, lugar que saltó a la fama cuando su encargado impidió, con una valerosa acción, la entrada de un grupo descontrolado de la UIP que perseguía a ciudadanos inocentes para agredirlos. La imagen de Alberto Casillas con los brazos abiertos dio la vuelta a Europa. Y espero que la imagen que Magdalena me hizo ver con su relato también la dé gracias a mis palaras y mi conexión wi-fi. Acodados en la barra de bar y tras saludar a Alberto Casillas, Magdalena me dijo que cuando el Gobierno (decir el Parlamento no sería del todo correcto) aprobó la reforma laboral, acababa de renovar su contrato con la empresa para la que trabajaba. Semanas después de la renovación, la actitud de su jefe para con ella dio un giro de ciento ochenta grados, sumiéndola en la incertidumbre y la confusión. Aunque las evaluaciones a las que había sido sometida eran bastante favorables, decidieron examinarla diariamente al mismo tiempo que decidieron imponerle una fuerte carga de trabajo e incluso presionarla, investigarla y perseguirla hasta llegar al acoso. Hackearon su ordenador, registraron sus cuentas de correo, recabaron toda la información posible e incluso robaron de su disco duro unas fotos íntimas que después comenzaron a circular por Whatsapp entre los empleados. De una semana a otra su vida había cambiado como cuando una tormenta de verano convierte un soleado día en una noche tropical. Sabía que debía dejar el trabajo y salir de allí, sabía que hiciese lo que hiciese su estatus era el de un reo condenado a muerte, el de un zombi que camina errante por los pasillos de la empresa. El día que me encontré con Magdalena y me contó esta historia, venía de comunicarle al jefe de personal que abandonaba su puesto y se iba al carajo; unos días antes se había reunido con los sindicatos y pretendía encontrar un abogado laboralista. En resumen, quería morir matando. Pero no pudo; utilizaron las fotos robadas como chantaje, la amenazaron y le dijeron que si no mantenía la boca cerrada las fotos aparecerían en internet, y tuvo que rendirse. Estaba destrozada cuando la vi, comentaba entre sollozos que se encontraba a punto de abandonar la clase media, que tendría que vender su coche y pedirle dinero a sus padres para pagar la hipoteca, que tenía miedo de ser desahuciada ante su hija y un montón de cosas más, me comentó. Con el corazón encogido le pregunté algo que me inquietaba; quería saber si se había dirigido a su jefe, le había mirado a los ojos y le había preguntado por qué. Me dijo que sí, que lo había hecho el día antes, y que la respuesta del sátrapa fue que lo había hecho porque se lo mandaban los peces gordos, porque era su trabajo, porque con la nueva ley laboral podía echarla a la calle alegando cualquier estupidez, y porque éste era el nuevo mundo del totalitarismo liberal y había que acostumbrarse a él. Cuando Magdalena terminó de  contármelo todo, cuando se vació, se produjo un silencio que ella misma rompió con una pregunta: ¿y tú qué piensas que debo hacer? Luchar, le dije con firmeza. Buscar trabajo y seguir sobreviviendo mientras haces pública tu historia. Te has convertido en una víctima más de esta dictadura que cada día nos recorta más las libertades. En esta guerra entre el poder fáctico y el poder ciudadano lo tenemos todo perdido, pero debemos seguir luchando, incluso hasta la muerte, porque, como en toda guerra, los muertos honran nuestra lucha, y nuestra lucha es la justicia social. Y como la historia siempre se repite cada cierto tiempo, cien años después se ha desatado una nueva guerra mundial en la que grupos de campesinos (la clase media) se enfrentan con palos y piedras a sus señores (los poderes económicos, pues el poder ejecutivo está inhibido por éste), pertrechados tras sus flamantes ejércitos. Ellos tienen todas las de ganar. Sin embargo, el poder volverá a cambiar de mano, y, quién sabe, quizá gracias a las redes sociales o algún otro cambio radical, el asalariado recuperará la posición de poder que otrora tuvo el obrero. Entonces los sicarios del sistema, como los miembros descontrolados de la UIP o el jefe de Magdalena (un simple campesino con derecho de pernada sobre sus subordinados), tendrán que desempolvar los banquillos de los tribunales militares buscando la justica tradicional, la clásica injusticia: el poder judicial judicial arrodillado ante el poder fáctico.

2 comentarios:

vel pister dijo...

magistral, querido amigo
abrazo de tu colega
peter

Mario Crespo dijo...

Un abrazo, Peter.