martes, 25 de diciembre de 2012

Todo es silencio, de Manuel Rivas



En Todo es silencio Manuel Rivas construye una novela donde casi todo es silencio. Silencio narrativo con poética en sordina; un texto muy literario, nada periodístico.

La obra está dividida en dos partes tituladas “El silencio amigo” y el “Silencio mudo”. En el primer bloque, mucho menos extenso que el segundo, el narrador nos cuenta el pasado de los personajes principales, seres que estructuran un cuadro que, como el cuadro de una bicicleta, se compone de tres lados que forman un triángulo. Tres amigos nacidos y criados en el pueblo imaginario de Noitía, en la Costa Gallega, acuden a diario al mar para recuperar objetos que éste escupe. Gran metáfora de lo que está por venir. En esta primera parte conocemos también al Mariscal, el deán, el patrón, el jefe, el capo del contrabando. Es en la segunda mitad del libro donde vemos la evolución de los tres amigos; dos de ellos, convertidos en pareja, trabajan para las mafias del narcotráfico y el tercero en discordia, el que se queda sin la chica, se convierte en policía, al tiempo que el Mariscal deja atrás el contrabando para centrarse en el tráfico internacional del drogas. En este marco, será el silencio de los vecinos, de los policías de aduanas, de la Guardia Civil y hasta de los curas, lo que conducirá a la comarca al bien común, al bienestar de una zona rural donde de repente florece el dinero negro. Y esa omertá, ese pacto de lealtad y fidelidad, leit motiv de la novela, está perfectamente plasmada en la obra de Rivas.

Ahora bien, con un material como éste, con una historia como ésta, inspirada en hechos reales que han marcado la historia moderna de España y que todo el mundo conoce, se echa en falta una prosa un poco más descriptiva, más narrativa en general. A Rivas le pierde la poética, el uso de frases aparentemente inconexas cargadas de metáforas; frases que son versos. Y este hecho conduce a que la narración parezca, por momentos (especialmente en la primera parte), deslavazada. En otras palabras, si esta historia la narrase Javier Cercas, el lector no podría despegar los ojos de las páginas hasta acabar el libro. Sin embargo, en las manos de Rivas, el pulso narrativo coge ritmo sólo al final, cuando la historia se ha convertido ya en una novela negra donde los polis (los polis buenos, porque también hay polis malos) tienen que pillar a los cacos.

Respeto mucho a Manuel Rivas porque ha dado sobradas muestras de talento en sus obras anteriores y también en sus artículos en prensa, pero considero que en este caso, aunque la obra tiene destellos brillantes y de gran calidad literaria, se ha perdido entre versos cuando la obra pedía subordinadas; otro ritmo, otro tempo. Un tempo con más silencios amigos y menos silencios mudos. 

Todo es silencio, de Manuel Rivas. Alfaguara, 2011.

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