martes, 18 de diciembre de 2012

Las leyes de la frontera, de Javier Cercas




Javier Cercas nos ofrece en Las leyes de la frontera una novela no construida, sino reconstruida; formada a base de reconstrucciones. O eso pretende hacernos creer. En ella, un escritor al que le han ofrecido contar la historia de un popular delincuente juvenil de los setenta conocido como el Zarco, se entrevista con personajes que convivieron con el susodicho en el pasado y que intentan reconstruir la historia a través de sus recuerdos. El grueso de la narración lo lleva uno de los interlocutores del escritor, un abogado llamado Ignacio Cañas que en su juventud formó parte de la banda del Zarco y al que apodaban Gafitas. Con una importancia menor, aparecen también los relatos, no siempre coincidentes, de un antiguo inspector de policía y del director de una de las prisiones donde recaló el Zarco. La historia parece inspirada en la vida de Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla, y nos ofrece otro punto de vista de la Transición: el de las víctimas sociales.

A finales de los años setenta se generaron en España nuevos barrios marginales que carecían de los servicios mínimos. Estos lugares se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para una nueva hornada de delincuencia juvenil, hecho que coincidió con un momento en el que, tras la muerte de Franco, el cine español buscaba trasgredir a cualquier precio. Las aventuras de estos jóvenes resultaron perfectas para combinar entretenimiento y cine social en producciones patrias de presupuesto modesto. Así nació el cine quinqui, y también la literatura quinqui, que, a modo de revival, Cercas resucita en este libro. Digo revival porque esta historia, que podría parecer manida, sufre una vuelta de tuerca en las manos del mago Cercas, que, como ya hiciera anteriormente en Soldados de Salamina, consigue hacer de ella una especie de juego compuesto por dos niveles narrativos mezclados: por un lado, la realidad de unos hechos que están presentes en el imaginario colectivo (la vida del Vaquilla, icono de una generación de quinquis y no tan quinquis), y por otro, la realidad de unos hechos creados por Javier Cercas (la vida de Zarco) y compuestos gracias a los recuerdos que el propio autor ha rescatado de su juventud en Gerona (marco en el que transcurre la novela y donde se encuentra la “frontera” que separa los barrios charnegos de los de clase media) a finales de los setenta. Todo encaja si pensamos que este fragmentarismo parece coincidir con el concepto que el escritor/conductor de la novela tiene de la ficción: “Soy de los que piensan que la ficción siempre supera a la realidad pero la realidad siempre es más rica que la ficción”. Esas son otras leyes de la frontera, las que dividen la porosa línea que separa lo real y lo ficticio, una marca que Javier Cercas intenta refundar cada vez que escribe una novela.

Cercas se mueve con soltura dentro del terreno novelístico: maneja las estructuras, sabe cuidar la forma y tiene el pulso narrativo de un cuentista, lo que le permite captar con facilidad la atención del lector, encontrar cierta empatía e incluso emocionar por momentos. Además utiliza una prosa que mezcla deliberadamente lo periodístico y lo literario, aunque con predominio de lo literario. Y quizá ése sea el mayor defecto de esta novela; un problema de verosimilitud. Me explico, uno puede no recordar con precisión unos hechos, incluso mezclarlos con otros, pero no olvida a un personaje peculiar con el que ha convivido: su forma de hablar, que quizá nos marcó; sus expresiones, que quizá repetimos; sus muletillas, que tal vez hicimos nuestras. Por el eso el personaje del Zarco, un quinqui, un Vaquilla, aunque hable por boca de  otros, a través de los recuerdos de otros, no es creíble en muchos instantes, pues aunque está bien construido, a veces demuestra ser más inteligente que listo y más refinado que chabacano, y su forma de hablar rehúye constantemente la jerga (por ejemplo: llama a los funcionaros de la cárcel “carceleros”, en vez de “boqueras”, algo que un kie nunca haría). Parece que la prosa que endulza el lenguaje periodístico con su poética cala también en la superficie de los diálogos hasta edulcorar la forma de hablar del delincuente más duro de España.

A pesar de esta crítica, y de alguna otra relacionada con la verosimilitud que parece querer transmitir el autor (como la excesiva precisión de los recuerdos por parte de todos los personajes), el libro posee un magnetismo que atrapa durante su lectura, especialmente en la primera parte, y que hace que sus páginas se peguen en la retina. Y si el libro tiene esa magia es, a mi entender, porque tiene mucho de novela juvenil; Cercas ha escrito la obra que le habría gustado escribir cuando tenía dieciocho o veinte años. Pero entonces no supo, o no pudo, o lo intentó pero le salió una cagada y se deshizo de ella. Quién sabe. Es una hipótesis. Lo que está claro es que ahora sí ha sabido contarla, y además lo ha hecho con la emoción que lo habría hecho hace treinta años, cuando el mito del Vaquilla era noticia, y no historia. Porque la historia, como bien sabe Cercas, sirve para hacer ficción, y no periodismo.

Pero no eres como nosotros. Y yo insistí: ¿Por qué no? Y él explicó: Porque tú vas a la escuela y nosotros no. Porque tú tienes familia y nosotros no. Porque tú tienes miedo y nosotros no.

Las leyes de la frontera, de Javier Cercas. Literatura Mondadori, 2012.