sábado, 8 de diciembre de 2012

Crónicas no viajeras: el esguince que cambió mi futuro y el de este blog



Son varios los lectores habituales de este blog que me recuerdan a menudo lo mucho que les gustan las crónicas viajeras que posteo de vez en cuando. Lamentablemente, y debido a circunstancias personales y profesionales, en los últimos meses no he podido viajar con la asiduidad que habría deseado. Sin embargo, uno siempre tiene la posibilidad de perderse por los rincones de su entorno más cercano. En mi caso por los de Madrid, una ciudad que de unos años para acá ha pasado de ser una gran metrópoli a una ciudad mastodóntica cuya área metropolitana ha engullido el centro urbano convirtiéndo el conjunto en una urbe de seis millones de habitantes. Dice un amigo mío que lo mejor de vivir en la capital es que siempre te suceden cosas. Cosas raras, apostilla mi amigo. Y esto es bien cierto, pues uno sólo tiene que dejarse llevar por el ritmo de la ciudad para recibir a cambio una dosis de vitalidad en vena. Pondré un ejemplo: el pasado martes, tras un día duro en la oficina, acudí a jugar al pádel a un polideportivo de Pozuelo. Tras realizar un partido lamentable, salí corriendo hacia el coche para volver a mi casa, en otra localidad del extrarradio, aparcarlo en el garaje, ducharme, cambiarme de ropa y luego dirigirme al metro para llegar a tiempo al estadio Santiago Bernabeu, donde se jugaba un partido de Champions que enfrentaba a dos clásicos europeos, el Ajax y el Real Madrid. Pues bien, debido a las prisas (en Madrid, hacer varias cosas en un tarde implica ir corriendo a los sitios), nada más abandonar el polideportivo, emprendí una torpe carrera hacia el coche que resultó fatal cuando un niño se cruzó en mi camino y me obligó a rectificar bruscamente mi trayectoria para no atropellarlo. La mala suerte estribó en que en mi cambio de rumbo pegué un pequeño saltito que me precipitó sobre un bordillo. Al pisarlo, con toda la fuerza de mi salto, el tobillo se torció por completo. Un esguince, me dije. Y luego pensé: tengo que evitar que el pie se enfríe. Así que me dispuse a conducir rápido, tipo película americana, con persecución incluida, hasta mi garaje. Y así lo hice; rompiendo un poco los límites establecidos y abusando del freno y el volantazo (si estás leyendo esto y tienes entre dieciocho y veinticinco años y poco tiempo de experiencia al volante, no intentes imitarme, lector, yo he sido preparado para pilotar en situaciones de riesgo, y tú, en la autoescuela, no). A consecuencia, alcancé mi destino en poco más de diez minutos. Al apearme del coche corroboré que podía apoyar el pie sin problema y concluí que el esguince era leve. Por eso pude salir apresuradamente del garaje y llegar a la parada de metro con sólo cinco minutos de retraso sobre la hora establecida, y sin ducharme. Allí me esperaba mi amigo con las entradas para el partido. Conseguimos llegar al Bernabeu quince minutos antes de que empezase el encuentro, que, por cierto, fue bastante divertido y tuvo cinco goles repartidos en ambas porterías. En la segunda parte, para evitar aglomeraciones que pusieran en riesgo mi pie, abandonamos el estadio un poco antes del final del partido y cogimos el metro de vuelta a casa. Al llegar a mi humilde morada, me di cuenta de que mi tobillo necesitaba algo de hielo y un poco de reposo en alto. Poco más tarde me fui a la cama. Me desperté al día siguiente como si la noche no hubiese existido y, algo cojo, me dirigí al trabajo. Pensé acudir primero al hospital, pero como soy un pedazo de profesional, hice el camino a la inversa y a las nueve de la mañana acudí a Urgencias, donde me dijeron que tenía un esguince leve y que, aunque no necesitaba muletas, debía guardar reposo y no hacer grandes esfuerzos. Volví a mi puesto de trabajo pensando que el puente de la Constitución, uno de los mejores del año, estaba arruinado para mí desde el momento en que ese niño se cruzó en mi camino alterando la secuencia lógica y natural de los hechos; en otras palabras: arruinando lo que yo había pensado que sería mi vida durante los días del puente; se fastidió la ruta por la Sierra planeada para el jueves y el viaje a Soria y provincia planeado para los días subsiguientes. Un niño, un ser anónimo que salía del polideportivo de Pozuelo, un niño pijo, posiblemente, había alterado, con un movimiento preciso, la linealidad temporal de mi vida y había condicionado el futuro, mi futuro. ¿Dónde habrá ido a parar la otra posibilidad, la otra secuencia de acontecimientos que se habría producido en caso de no cruzarme con ese niño?, me pregunté, ¿a un universo paralelo, como el de la serie Fringe?, ¿a un limbo donde se acumulan las decisiones que no tomamos, los hechos que se alteran, lo no planeado, lo que no acontece como era previsible? Y aunque no encontré respuesta para ello, concluí que en realidad no existe tal cambio, pues unas acciones son sustituidas por otras. Y, en ocasiones, incluso mejoran lo planeado, lo pensado, lo ya escrito. En ese momento se me ocurrió que, para no alterar el futuro en demasía, podría sustituir la ruta por la montaña por una gran pitanza en un asador de la montaña y la crónica que pensaba escribir por las tierras de Soria por esta otra que estoy concluyendo ahora mismo; la crónica de lo que pudo ser y no fue, del no viaje, de este futuro paralelo que me ha concedido, gracias a una de sus infinitas combinaciones, un tiempo extra para escribir unos textos que tenía pendientes y también esta crónica que, partiendo de la nada, ha terminado por convertirse en algo que no sólo describe y detalla lo que no fue, sino también lo que sustituyó a ese vacío, que no es otra cosa que un texto, este texto.  


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