jueves, 8 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo, 1926-2012, genio y protegido del Cielo





Según la RAE, un genio es una persona dotada de una capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables. En un lenguaje menos formal, un genio es alguien tocado por una varita mágica, un ser con un don especial, un visionario, alguien capaz de ver lo que está por venir. La expresión popular “genio y figura hasta la sepultura”, plasma a la perfección la vinculación histórica que existe entre el genio y la muerte; el genio como algo que trasciende la vida, como un ente que vive conectado a un tiempo futuro, a otra cosmogonía, bajo otro Cielo. Por lo general, a este tipo de hombre iluminado, la opinión pública lo tilda de loco, o al menos de excéntrico. Pero cuando un genio es grande de verdad, termina saliéndose con la suya, ya sea en vida o no, y demostrando que los locos son los demás, los que no entienden el mundo.  Agustín García Calvo es un claro ejemplo: nos advirtió durante décadas de los peligros intrínsecos al sistema capitalista, y más en concreto a su vertiente más neoliberal, hasta que finalmente el estallido de esta gran crisis que estamos viviendo y que ha minado el mundo que conocíamos hasta derrumbarlo y convertirlo en un solar, le otorgó toda la razón.  

Agustín nació en Zamora en el año veintiséis del pasado siglo. Por aquel entonces, la capital contaba con algo menos de veinte mil habitantes y, debido a sus pobres comunicaciones, estaba totalmente aislada de los grandes núcleos de población. Supongo que a alguien con las inquietudes culturales, el intelecto y el talento de Agustín le resultaría difícil encontrarse cómodo entre las banales charlas y las brutales gamberradas de los chavales de la época, hijos de una población más campesina que burguesa. Sin embargo, en el colegio de Los Bolos -donde yo también estudié-, Agustín entabló una sólida amistad con el hijo de un carpintero, un chico tímido y retraído, muy religioso, que se llamaba Luis; Luis Crespo. De él hablaba Agustín en un artículo que publicó en el diario La Razón hace ya unos cuantos años. Luis falleció a la edad de veintisiete años por causas desconocidas. Era mi tío, y nunca lo llegué a conocer. 

Una de las hermanas de Luis, mi tía Teresa (fallecida hace pocos meses), peluquera y excepcional narradora oral, me contó una vez mientras me cortaba el pelo con una mano y con la otra sujetaba un cigarrillo, que cuando exhumaron los restos de Luis para cambiarlos de tumba, su esqueleto, a diferencia de los de su hermana Isabel (fallecida a los ocho años), permanecía integro. Mi tía Teresa era una librepensadora, pero mostraba cierta tendencia religiosa a la hora de interpretar los sucesos que la ciencia no podía explicar. Por eso estaba convencida de que su hermano, que, según ella, era un genio, un elegido, un tipo especial, se había convertido en un ángel, o un santo, o un protegido del Cielo. Esta denominación, que nunca hasta la fecha había oído, llamó poderosamente mi atención y me llevó a preguntarme qué era un protegido del Cielo. Entonces me imaginé, como cualquier niño a quien le cuentan una historia de viva voz, que en su tumba había una señal, una indicación, una marca que señalaba que en ese agujero de la muerte, bajo esa lápida de alabastro, yacía Luis Crespo, de veintisiete años, protegido del Cielo. 

Cada vez estoy más convencido de que las cosas que traspasan lo físico se mueven siguiendo unos patrones matemáticos que siempre han estado ahí. Confirma mi teoría el hecho de que Agustín, burlándose no sólo del destino sino también de las efemérides, los convencionalismos sociales y las creaciones culturales, falleciese el primero de noviembre, día de todos los santos. Y no sólo eso, además fue capaz de rubricar en vida, justo antes de morir, su gran obra, pues ha sido este año, 2012, cuando, como si se cumpliera de manera metafórica la profecía maya sobre el apocalipsis, el mundo que conocíamos se ha venido definitivamente abajo, arrastrándonos a todos hacia la incertidumbre y la confusión. El viejo filósofo era consciente de que estaba en lo cierto, nos avisó, insistió, persistió, y finalmente murió como diciendo: “os advertí cuando estabais a tiempo; ahora que es tarde, me voy, y ahí os dejo.”

Al final, para los que estamos vivos, la muerte no es más que una construcción cultural que filósofos y religiones han ido desarrollando a lo largo del tiempo. Tal vez por eso, porque no entendemos la metafísica y estamos atados a la fe, Agustín, filósofo de raza, pensador, hombre libre, independiente, fue inhumado siguiendo un rito prestado, el rito católico, por el cual su cuerpo descansará para siempre bajo la tierra húmeda del cementerio municipal de Zamora, no lejos de su amado río Duero y muy cerca de su querido amigo Luis Crespo. Un capricho del destino que demuestra que cuando la ciencia se acaba, el instinto, receptor de la energía que flota en el aire, canalizador de esos misterios que no alcanzamos a comprender, nos conduce a creer que las cosas suceden por algo; nos empuja al vacío; nos obliga a desprendernos de todo pensamiento racionalista y a simplificar el lenguaje hasta el punto de que, a quien en vida llamábamos genio, iluminado o visionario, una vez desaparecido, pasamos a nominarlo con palabras que la religión nos cede. Por eso, cuando me enteré de la muerte de Agustín pensé que si lo enterraban en el cementerio, como así fue, en su tumba debería poner “Agustín García Calvo, 1926-2012, protegido del Cielo”. Pero no del Cielo cristiano, sino de ese cosmos que ya en vida vislumbró y que le advirtió de lo que estaba por venir.