domingo, 21 de octubre de 2012

El ángel Esmeralda, de Don DeLillo




Nos sorprende el maestro narrador Don DeLillo con un libro de relatos que en su versión original lleva por subtítulo nine stories. Nueve historias breves que parecen antologar lo mejor de la cultura americana del cuento gracias a la amplia diversidad de temas elegidos por el autor. DeLillo sienta cátedra en la creación de ambientes por medio de precisas y concisas descripciones, pero destaca sobre todo por la magnitud de su prosa, por ese estilo característico que siempre encuentra la palabra exacta en el momento justo. No obstante, los finales extremadamente abiertos, aparentemente inacabados, y que recuerdan a otro maestro, Carver, no terminan de convencerme.

El libro contiene una selección de historias que aglutinan la producción cuentística del autor desde los inicios de su carrera hasta hoy; desde 1979 hasta 2011. Al leer el primer cuento, “Creación”, una historia sobre la angustia de quedarse atrapado en una isla por un problema con los vuelos, se intuye que DeLillo no ha ido evolucionando como la mayoría de autores; era un maestro ya en sus inicios. Y es que sus obras de finales de los setenta y principios de los ochenta poseen la misma calidad y la misma técnica perfecta que las del DeLillo maduro; como su propio nombre de pila indica, este hombre nació con un don para narrar, para describir personajes y situaciones a través de un par de oraciones simples que contienen un adjetivo ideal y, sobre todo, la fuerza y la pasión de alguien que escribe desde el conocimiento absoluto de un demiurgo, pues a lo que aspira un gran autor es al control total del terreno narrativo, para poder actuar así como un verdadero dios, como el Gran Creador; alguien que de no encontrar las palabras que busca para contar el mundo, como le sucedía Lord Chandos, inventa un nuevo lenguaje. Es por esto que quizá a algunos críticos no les haya temblado el pulso a la hora de comprar a DeLillo con Joyce.

“Había ocho o diez rostros descartados, inexpresivos en su infortunio viajero”

La trascendencia de la obra del norteamericano, su profundidad, queda patente en el segundo cuento, de 1983, “Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial”, donde unos astronautas en órbita captan unas voces procedentes de una radio de hace cincuenta años. La física como objeto narrativo, la vinculación entre la ciencia y los sistemas políticos, que se apropian cuidadosamente de los misterios del mundo para apartarlos del pueblo llano, adquieren en la pluma de DeLillo un estatus religioso que conduce a un mejor entendimiento metafísico a través de una semántica que pesa como el plomo:

“Olvida la medida de nuestra visión, el barrido de las cosas, la propia muerte, la terrible guerra. Olvida el arco de noche que nos cubre, las estrellas como puntos estáticos, como campos matemáticos. Olvida la soledad cósmica, el flujo hacia arriba del pasmo y el miedo reverencial.”

La segunda parte del libro contiene una selección de la producción del autor desde mediados de los ochenta a mediados de los noventa. El primer relato, “El corredor”, nos sorprende por su brevedad y concisión y se centra en las hipótesis, las cavilaciones o elucubraciones que todos hacemos cuando, tras contemplar un incidente, del tipo que sea, nos planteamos qué hay detrás, los porqués de las cosas, el empujón que nos ayuda a entender parte del mundo recurriendo a la lógica, a lo verosímil.

“-Llevo un rato aquí sentada, pensando que no hay duda en cuanto a los elementos. El coche, el hombre, la madre, el niño. Esas son las partes. Pero ¿cómo encajan las partes?”

En “La acróbata de marfil” aparece el DeLillo que nos transmite el terror de las masas, el desconcierto, el miedo de no saber lo que ocurre cuando un desastre natural golpea a una población; la incertidumbre, la duda, la acción a emprender en cada instante, ese golpe en la red que decanta el lado hacia el que caerá la bola.
  
“Estaba desprovista de presunciones, convencimientos, complicaciones, mentiras, todos los acomodos entrelazados que hacen posible la existencia.”

“El ángel Emeralda” es el relato central del libro y también el que le da el título. En él vemos al DeLillo urbano, al hombre que recorre la ciudad como el protagonista de Cosmópolis; viendo desde su ventanilla el mundo pasar, con sus calles grafiteadas y sus alcantarillas que echan humo, con sus pandilleros y sus monjitas, con sus atascos y sus sonidos estridentes. La historia es tan intensa que por momentos, cuando uno está metido en la profundidad del texto, piensa que, por tempo y ritmo, está leyendo una novela. DeLillo hace una inmersión en un gueto de Brooklyn donde una comunidad religiosa ayuda a los pandilleros de diversas maneras. Una chica de doce años, Esmeralda, vive por su cuenta y renuncia a la protección tanto de los religiosos como de los pandilleros. Un terrible incidente terminará con Esmeralda convertida en un ángel; un graffiti de un ángel con una leyenda a sus pies “Esmeralda López. 12 años. Protegida en el Sielo”. Una vida efímera, casi etérea, que el gueto se cobra para retroalimentarse, una de esas disfunciones sociales que sirve para que la clase media norteamericana siga tendiendo dos teles y dos coches e incluso dos casas en propiedad.

“¿Cómo terminan las cosas, estas cosas, las cosas así: acaban recogidas en algún núcleo olvidado de fieles exhaustos acuclillados bajo la lluvia?”

La producción de la última década está representada por cuatro relatos que componen la tercera y última parte. "Beader-Meinhof", de 2002, nos sitúa en la galería de un museo, otro tema recurrente en DeLillo; el mundo del arte, en el que ya se centró en Submundo. Se trata de narrar la experiencia contemplativa, la experiencia artística, lo plástico como compresor de la felicidad, el disfrute de la belleza, y de la fealdad.

“Se acercó a la pared más distante para mirar el cuadro de una de las celdas carcelarias, con estanterías altas cubriendo casi la mitad del lienzo y una forma oscura, tenebrosa, que podía haber sido un abrigo en un perchero”.

En “medianoche en Dostoievski”, para mí el mejor de los nueve relatos, aparecen la soledad y el aislamiento en un college perdido de la mano de Dios, donde dos estudiantes se entretienen fabulando sobre las identidades de los pocos lugareños con los que coinciden. El cuento parece más europeo que americano; de hecho, las referencias a Europa son explícitas. Dostoievski es una de ellas, la que canaliza la trascendencia que adquiere el relato conforme avanza.  

“Me di cuenta que había olvidado contarle a Todd que Ilgauskas lee a Dostoievski en el original. Era esta una verdad factible, una verdad utilizable. Convertía a Ilgauskas, por el contexto, en ruso.”

“La hoz y el martillo” nos descubre al DeLillo más político, al articulista, al genio que, como Superman, aparece cuando se le necesita. Nada que ver con algunos autores que se rigen por coordenadas clientelistas y no tienen sensatez suficiente para mostrarse como referentes intelectuales cuando el pueblo, en situación crítica, anhela sus palabras. En este relato, de 2011, los presos de una cárcel se reúnen a diario para ver en la tele un programa infantil sobre economía. DeLillo, como en Cosmópolis, lleva el sistema financiero a un estrato más elevado que el de los números, a un nivel abstracto que traspasa lo inteligible, a una nueva espiritualidad basada en un malentendido Superhombre de Nietzsche. Es el caos y es el terror, eso es lo abstracto; el borrón y la tachadura, lo no tangible, el origen del mundo. 

“-Crisis es una palabra griega”
-¿Está Grecia ocultando su deuda pública?
-¿Está la crisis extendiéndose a la velocidad de la luz hacia el resto de la zona sur, hacia la eurozona en general, hacia los mercados emergentes del mundo entero?”

Finalmente “La hambrienta”, que cierra el libro. Es, en mi opinión, el relato más flojo del libro; el que menos me ha entusiasmado. El cine desde dentro, como en el inicio de Punto Omega. Las proyecciones como elemento narrativo conducen al lector a contemplar la proyección como si ésta existiese de verdad. La historia de una persecución ambientada en el entorno urbano de Manhattan, deja el sello del norteamericano a modo de rúbrica en este último relato. Y, ciertamente, uno se queda solo, vacío, melancólico, cuando cierra el libro y piensa qué leer después.

“Se levantó del asiento mientras pasaban los títulos de créditos finales, acto en el que solo incurría cuando el día presentaba una agenda extremadamente cargada.”

El ángel Esmeralda, de Don De Lillo. Seix Barral, 2012. [Traducción de Ramón Buenaventura]