lunes, 29 de octubre de 2012

Cosmopolis, de David Cronenberg



Metido en pleno proceso de realización de un cortometraje, vuelvo, como en los viejos tiempos, a devorar películas y a mirar con recelo las series de televisión que tanto me enganchan gracias a su particular narrativa, en ocasiones ciertamente alejada del discurso cinematográfico. Hace unos días vi una arriesgada y valiente producción española que refresca un poco el panorama patrio pero que, aun así, carece de ese punto de magia, de chispa, que se le exige a una buena película, a una de esas que quedan para siempre en la retina. Hablo de Grupo 7, cuya prisa narrativa queda bien cubierta por el buen desarrollo de los personajes, la intensa realización de las escenas de acción y las soberbias interpretaciones de Antonio de la Torre y Mario Casas (sí, Mario Casas). Con el relativo buen sabor de boca que me había dejado Grupo 7, acudí a ver Cosmópolis, la última de David Cronenberg, y el resultado fue similar; una opinión dividida, un análisis a caballo entre la satisfacción y la duda. ¿Me ha gustado Cosmópolis?, me pregunté al salir del cine, y aún ahora me lo sigo preguntando. Me gustaría poder contestar a esta cuestión con la misma facilidad con la que formulo la pregunta, pero todavía no he sido capaz de dilucidar si pesan más sus virtudes o su linealidad monótona. 

El protagonista de Cosmópolis, Eric Packer (Robert Pattinson) desea cruzar toda la ciudad en limusina para cortarse el pelo en su peluquería de confianza. A pesar de que su guardaespaldas le advierte que no es el mejor día para cruzar Nueva York en coche, pues el Presidente está de visita oficial y además hay protestas en las calles, Packer, joven multimillonario acostumbrado a hacer lo que le viene en gana, se empeña en llevar a cabo su capricho. Antes de alcanzar su objetivo, ya de noche, el acaudalado joven se encontrará con varios personajes que visitan su “oficina”; es decir, su limusina, y se verá envuelto en unas protestas que parecen importarle bien poco. En su particular descenso hacia el infierno, Packer, cansado de tener todo en la vida, buscará nuevas motivaciones adoptando una actitud cercana a la locura. 

La intención de Cronemberg es muy loable, un gesto de artista, una propuesta de autor. Y la película está plagada de grandes frases y profundas reflexiones sobre el sistema neoliberal y sus peligros. El problema es que la narración se construye a base de larguísimos diálogos entre el protagonista y el resto de personajes, que además siempre tienen lugar en el mismo escenario; el interior del coche. Esto conduce al tedio, tamizado por la calidad de los planos y el nivel de las interpretaciones, hasta que, ya hacia el final, la narración se anima con un tardío clímax que resucita el filme. En cualquier caso, y a pesar de todo lo comentado hasta ahora, no me atrevo a afirmar que la película sea aburrida, pues se sigue con interés y atención. Lo que sí es cierto es que Cosmópolis no es la historia más atrayente para un espectador poco acostumbrado al cine de autor. Cosmopolis es, en resumen, una película para festivales y públicos dispuestos a mirar con los ojos limpios; sorprende saber que su director no es de origen iraní, o kazajo o coreano. 

Cosmópolis, de David Cronemberg. 109 minutos. Año 2012.