sábado, 22 de septiembre de 2012

El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas


Podría decir algo así como que El viaje vertical es la mejor obra de Vila-Matas. Podría decir que es la que más atrapa, que es la más imprescindible. Podría decir todo eso e incluso mucho más. Pero en literatura, hablar de primeros o últimos, clasificar, poner etiquetas o enumerar resulta siempre relativo, diría que hasta ilógico. Sin embargo, sí puedo afirmar, porque me parece un hecho, al menos desde mi propia experiencia, que El viaje vertical es una novela gran reserva; un libro para paladear lentamente, para dejar en la boca y apreciar su textura, su esencia, que permanece en el paladar hasta días después de probarlo. Para los detractores de Vila-Matas que esgrimen el manido argumento de la metaliteratura y los “libros de citas”, diré que esta novela apenas tiene citas y que su literatura nos habla de literatura –y nos hace reflexionar sobre ella- sin que nos demos cuenta.

El viaje vertical es la historia de Mayol, un hombre de setenta años (catalán, y esto es muy importante) que, recién comienza el libro, es abandonado por su mujer y condenado al ostracismo por dos de sus hijos y despreciado por un tercero; por el artista de la familia, Julián, un pintor de Puertos Metafísicos. Mayol, que al principio se resiste a abandonar su casa y maldice su suerte, emprenderá un viaje que le llevará a Portugal, a la saudade, al sitio ideal para mudar su piel. Vila-Matas construye una historia entrañable con una prosa muy ligera que desdramatiza la fea situación del pobre Mayol hasta conducirnos a todos (incluido el narrador) a un mirador desde donde la perspectiva es tan amplia que muestra el infinito.

La historia de Mayol nos lleva a reflexionar sobre un tema tan en boga como el nacionalismo. Pero lo hace sin mancharse, sin necesidad de meterse en política; dejando un sutil rastro que obliga a seguir la pista; la reflexión. Mayol, empresario hecho a sí mismo e independentista catalán muy conservador, carece de inquietudes culturales. Cuando es expulsado de su casa, se ve obligado vivir un modelo de vida que le lanza al vacío, a Madeira, a lo vertical, pues lo horizontal representa la normalidad, la quietud, la rutina, la imposición de un modelo de vida que marca un sistema, el encefalograma plano. Durante su viaje, Mayol se dará cuenta que el verdadero vacío está en su mente, en su incultura, extrapolable ésta a la ignorancia de toda una generación marcada por la guerra civil y sus consecuencias.

Pero quizá lo más atrayente de la novela radique en el juego que el autor hace con el narrador. Se trata de ese tipo de novela que podría haber firmado Unamuno si viviera hoy día, ese juego al que se habría dedicado Pirandello si fuera coetáneo de Vila-Matas. La voz narrativa comienza a relatarnos la historia de Mayol utilizando la tercera persona, pero no desde un punto de vista omnisciente, más bien observador. De hecho, cada poco, repite la frase: “Por lo que he podido saber -y sé mucho-”. Y lo hace con el objetivo de dejarnos claro que no es un narrador omnisciente y que lo que nos cuenta lo ha oído en alguna parte. En la segunda parte de la novela, el narrador comienza a dar muestras de que es un personaje más, y habla de sí mismo hasta que por fin, en un supuesto tercer acto, se presenta. Rápidamente, como en un juego de tetris, Vila-Matas encaja las piezas para colocar al narrador en el global de la novela como un personaje más, que además tiene influencia en la trama. A partir de ahí, el libro toma una nueva dimensión e incluso aumenta el ritmo hasta que por fin se nos revela la verdad: por qué el narrador conoce tan bien la historia de Mayol, quien de repente, por cierto, también adquiere un nuevo rango en la obra y se convierte en una especie de Augusto, de Niebla, entrando y saliendo del libro a su antojo (aunque, a diferencia de Augusto, sin ser aparentemente manipulado por el narrador).

El viaje vertical es la novela de Vila-Matas que más me ha gustado hasta la fecha, lo cual no significa nada, pues no es más una opinión perdida en la infinidad de la Red y de un mar de reseñas que se hacen en los blogs. En cualquier caso, mi opinión, ciertamente positiva, no desmerece en absoluto el resto de su obra, más bien lo contrario, pues ésta era una de las pocas novelas de Enrique Vila-Matas que me quedaban por leer, y antes de leerla, había pensado que era imposible superar algunas de las anteriores.

El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas. Anagrama, 1999/Quinteto, 2006.

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