jueves, 16 de agosto de 2012

The wire y el hiperrealismo


Se ha hablado ya suficientemente sobre esta serie de la HBO como para que ahora yo, con años de retraso, ponga una aprovechada puntilla. Pero acabo de terminar la quinta y última temporada y me apetece reflexionar sobre el, para mí, factor más personal y destacado de la serie, el hiperrealismo.

Como, creo, todo el mundo sabe, The Wire es una serie centrada en la delincuencia de la ciudad de Baltimore desde todos los puntos de vista posibles: la calle, la policía, el sistema educativo, la política y los medios de comunicación. Lo que la convierte en una serie distinta, de culto, es que, aun abordando el tema de la delincuencia de abajo arriba, desde los chicos de  la calle hasta el alcalde pasando por los mandos policiales, no establece una distinción entre buenos y malos, entre polis y ladrones, entre honorables políticos y despreciables camellos. No. The wire es fiel hiperrealista, y por eso intenta mostrar la realidad tal y como existe: dentro un sistema donde el político, el poli y el periodista están tan manchados y tan corrompidos éticamente como cualquier delincuente o criminal de la calle. Y como todos sabemos, eso es estrictamente cierto, pues no es más ladrón el camellito de la esquina que el ladrón de guante blanco con plaza en el ayuntamiento. 

Otro aspecto tan original como hiperrealista radica en la propia narración visual, en el tratamiento de la elipsis temporal. Los policías de The wire no resuelven los casos porque es lo que se supone que deben hacer, porque ellos son los buenos de la película, sino por interés personal, porque es trabajo. Para contarnos esto, la narración no avanza a saltos, sino que se ralentiza, es decir: lo que en una serie normal se resuelve con rápidas confesiones, declaraciones y juicios, en The wire se resuelve casi a tiempo real: con escuchas (de ahí el título) que duran una temporada entera, con dificultades para conseguir órdenes judiciales, con largos interrogatorios y careos... Como ha escrito Jorge Carrión en su ensayo Teleshakespeare, "La velocidad interna de la obra de David Simon y Ed Burns es similar a la de una novela". (...) "La pretensión última de The wire no es otra que ser leída como gran literatura". Y efectivamente, los guionistas narran de un modo innovador y muy contemporáneo, ciertamente influenciado por las nuevas tecnologías y la sociedad de la información; sabemos casi todo de los personajes, tanto en su vida privada como en su trabajo, tenemos infinidad de secuencias paralelas, de subtramas que son como miniseries dentro de la serie pero que a su vez están conectadas entre ellas de distintas maneras formando una red con muchas capas que dependen las unas de las otras. En resumen, lo que en el cine es prisa en The wire es pausa. 

Por otro lado, el hiperrealismo se muestra constantemente en los pequeños detalles arrancados de la realidad y que el cine y la tele suelen obviar (salvo para introducir metáforas) para hacer avanzar las historias; me refiero a que la cámara nos enseña ciertas rutinas aparentemente intrascendentes de los personajes, actos como el de salir a fumar un cigarro, el de levantarse y desayunar cereales, el de ir a tomar una copa después del trabajo. Y no sólo eso, la serie también nos muestra los aspectos argumentales que caben en una novela pero sobran en el cine; es como si The wire fuera una novela que no hubo que convertir en guión cinematográfico, pues se desglosó entera en planos. En este sentido, recuerdo un capítulo en el que Kima, una de las detectives de narcóticos, se ve envuelta en un tiroteo. En el hospital, un sanitario le entrega a sus compañeros una bolsa con la ropa de Kima empapada en sangre. Vemos detalles de la ropa ensangrentada. Algo que una narración al uso obviaría. Pero algo, al mismo tiempo, que cualquiera que haya pasado por Urgencias con la ropa ensangrentada, sabe que existe como parte de un protocolo y que resulta una de las partes más desagradables tras un incidente, pues los fluidos corporales te recuerdan la vida que casi se va. Y precisamente ahí, en la capacidad de transmitir ciertas sensaciones, reside parte de la fuerza de atracción de la serie. 

En un cuadro de Antonio López o Eduard Hopper encontramos los detalles, todos los detalles que una imagen instantánea captaría. En The wire encontramos todos esos detalles que la retina humana grabaría pero que la lente de la cámara suele obviar por razones de espacio y tiempo y porque, en el fondo, la elipsis, el corte, el salto, el vacío, es la esencia del cine. Considero por eso que esta serie abre una puerta, una brecha que busca la consecución de la obra de arte total a través de la televisión.

De todas formas, conviene no olvidar, en ningún caso, que el principal motivo de su estilo hiperrealista proviene de los hechos reales en los que se basa el guión. Se buscó fidelidad hasta el punto de que algunos actores son delincuentes de la calle, interpretando su papel, como la andrógina Snoop. Y como nos muestra la metáfora final, la serie no es más que un muy fiel reflejo de la vida oculta que se esconde tras el decorado de cualquier ciudad de los Estados Unidos, cualquier ciudad del mundo.