viernes, 24 de agosto de 2012

Grandes lecturas III: Madame Bovary, de Gustave Flaubert


Decía Proust que en los libros de Flaubert no había encontrado una sola metáfora que pudiera definir un estilo como acabado. Pero al mismo tiempo loaba su belleza gramatical. De hecho, en su obra El escándalo Lemoine, donde Proust trata la historia real de una estafa muy sonada en la Francia de la época a través de la imitación de los estilos de otros escritores contemporáneos como Flaubert o Balzac, imita a Flaubert articulando largas oraciones subordinadas compuestas de un rico y variado léxico. Quizá el éxito de Madame Bovary fuera ése: la capacidad para transmitir emociones a través de la descripción.

Como es bien sabido, Madame Bovary, publicada en 1856, es la primera novela que consigue sustituir las ideas por hechos a través de una prosa fluida que se aleja definitivamente de la poética de sus antecesores y coetáneos, aunando estilo y entretenimiento, estética y pasión. Madame Bovary consiguió que desde entonces la novela alcanzara el estatus de obra de arte. Y no porque esta obra representara el culmen del realismo, ni el salto desde el romanticismo o el naturalismo, sino por su preocupación por la forma, algo que consiguió elevar el fondo. Hay que recordar, en este sentido, que Balzac, como aseveraba Gide, tenía descripciones interminables que exigían al autor el uso de un extenso vocabulario que, en ocasiones, resultaba denso para el lector. Balzac produjo mucho, pero no fue capaz de darle a la novela la categoría de obra de arte. Flaubert, en cambio, sí.

Yo, lector más bien formado en literatura del s. XX, creí que encontraría alguna dificultad en la lectura de este libro, algún momento de aburrimiento, algún punto que ralentizara el ritmo de absorción del texto. Pero para mi sorpresa, la novela ha resultado todo lo contrario; un excelso goce. Flaubert es un observador, capta los detalles en las descripciones, pero registra también, con precisión quirúrgica, la psicología de sus personajes; la pusilanimidad de Charles, la frustración de Emma, la ambición del boticario. Y además lo transmite con mucha fuerza. Cuando le preguntaron al autor qué influencias tenía Madame Bovary, Flaubert dijo: “Madame Bovary soy yo”. Y se nota; cuando una novela tiene la esencia de la pasión que pone el autor, el diálogo con el lector es más fácil, pues no hay que contarle cosas, sino intentar que las recree en su mente; que las viva.

Madame Bovary no es, sin embargo, la historia de Emma como historia universal de mujer del s. XIX, es un retrato de la sociedad francesa de la época a través del realismo literario. La obra conmueve por su punto de vista trágico, pero también por la frustración compartida entre personaje y lector debido a las injustas reglas de la sociedad. La novela cuenta la historia de una bella joven que se casa con un médico de provincias como una reina que se casa con un heredero de otra corona. Su marido es un buen hombre, pero no está enamorada de él, y eso le provoca una enorme frustración que sólo podrá aliviar en sus aventuras con otros amantes. Ella sueña con el lujo y los bailes de París, él es un médico mediocre. Acuciada por las deudas y con su cosmos particular venido abajo, la protagonista terminará por suicidarse.

En ocasiones, los autores jóvenes despreciamos lo clásico, los inicios, a los maestros que nos han mostrado el camino hacia la literatura de hoy, pero como me dijo un día un joven escritor mucho más formado que yo: la pésima formación clásica de la mayoría de escritores jóvenes es lo que les impide hacer algo de interés. Y estoy de acuerdo, porque, aunque lo haya hecho tarde, leer Madame Bovary me ha ayudado a entender mejor la novela, su historia y su técnica.

Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Cátedra, 1993. 5ª ed. [Edición y traducción de Germán Palacios]