miércoles, 11 de julio de 2012

Reflexiones entre el ruido

Vivimos tiempos oscuros. Hace unos años, un día de octubre, las hipotecas basura reventaron y el mundo cambió de repente, sin darnos tiempo para asumirlo. Bien es cierto que ya le tocaba, pues todo en la historia es cíclico; aunque ya no se oiga el sonido de las armas, sí se oye el de las monedas, sobre todo cuando la bolsa cae a “máximos históricos” o la prima de riesgo “supera los quinientos puntos”. Y precisamente por eso, porque la historia es cíclica, es posible atisbar, entre tanta oscuridad, un puntito de luz que representa la esperanza. Un pequeño resquicio donde insertar un gran cambio.

Estamos comprobando, más bien certificando, que el modelo de sistema que gestiona el mundo está agotado, muerto; necesita una reforma de base, un nuevo canon basado en un tipo de vida más sostenible y menos dependiente de lo creado por el hombre para enriquecer a un determinado tipo de hombre; un malinterpretado superhombre de Nietzsche. Pero este cambio requiere un proceso largo, paulatino, gradual. Y también unas mentes lúcidas y honestas capaces de llevarlo a cabo.

Opinar ahora sobre las partes de un inmenso todo me parece una forma más de contribuir al enorme ruido mediático, ya transformado en confusión, que nos distrae de lo verdaderamente importante: cómo solucionar esto nosotros, el pueblo, los que se supone que tienen que hacerlo en una democracia real. La historia nos dice que sin violencia no hay cambio. Quizá, por desgracia, sea un dato irrefutable, pues en la propia naturaleza del hombre está tropezar varias veces con la misma piedra. Pero tal vez tengamos la suerte de que el neoliberalismo descontrolado y radical que nos ha conducido a esta situación, se devore a sí mismo y se ahogue en su propia codicia.

Entonces no habría más remedio que empezar de cero. Más pobres, pero también más libres.