martes, 26 de junio de 2012

Ética en la libertad de los mercados


Haciendo expurgo en la biblioteca donde trabajo, me encuentro con un libro de pequeñas dimensiones cuyo título capta enseguida mi atención. Se llama Ética en la libertad de los mercados y, debido a su actualidad, rabiosa, decido echarle un vistazo. 

El ensayo fue publicado en 2010 y su autor es el doctor José Juan Franch. Teniendo en cuenta el año de publicación, concluyo que el autor decidió poner sus ideas sobre el papel y publicarlas en previsión de la que estaba por venir respecto a los mercados y su maldita (des)confianza. 

El texto habla de la importancia de la ética en los procesos financieros, de su valor como contrafuerte de la arquitectura general del sistema macroeconómico. Por desgracia, el ensayo no ha debido caer en las manos de las agencias de calificación, ni en las de los inversores, ni tampoco, por supuesto, en las de los directivos de las cajas españolas. Ya el propio Adam Smith advertía de la necesidad de un comportamiento ético en el funcionamiento del mercado. Para el ideólogo del capitalismo, la justicia tiene un papel crucial “como pilar principal que mantiene todo el edificio" (de la vida social). Sin embargo, este precepto se antoja contradictorio si tenemos en cuenta que el hombre económico es un ser egoísta e individualista por naturaleza. Es decir, de alguna manera, el egoísmo es inherente al sistema, como ha quedado patente desde que la confianza de los mercados y la prima de riesgo, y por lo tanto, la especulación más descarnada, han anulado el poder de los estados, completando así el círculo que en los ochenta iniciaran Reagan y Thatcher con la mítica frase "el estado no es la solución, es el problema". 

Por lo tanto, las buenas intenciones del autor suenan hoy, dos años después de la publicación del libro, incluso chistosas; si los especuladores se ciñeran a una ética, o incluso a unas simples normas de salubridad económica (y por ende social), el mundo sería notablemente mejor, pero ellos no ganarían tanto dinero y su rol en el sistema macroeconómico dejaría de ser determinante, algo que entraría en contradicción con la idea de que el 10% de la población ha de aglutinar el 90% de la riqueza.

Al llegar a esta conclusión, y tras una rápida lectura diagonal del libro, decido que sí, que es el momento perfecto para expurgarlo.