jueves, 3 de mayo de 2012

Crónicas de La Mancha

Escapar de Madrid el puente de mayo para buscar la soledad de don Quijote en la planicie manchega (la depresión más importante de toda la geografía española, que, lejos de resultar un terreno inhóspito y agreste, es un territorio con vida propia que habla por medio del silbido del viento), ha resultado uno de los mejores viajes de los últimos tiempos. Lanzar el coche por las bajadas de la A-4 como si la huida fuera algo más que una metáfora, es una sensación de libertad que un hombre necesita cuando el estúpido discurrir de un sistema productivo que empobrece al asalariado le agarra por las solapas hasta asfixiarlo. 
Cosas que no pasan en Madrid.
En mi opinión, existen dos puntos clave en la autopista que antiguamente se conocía como carretera de Andalucía: uno es, por supuesto, Despeñaperros, ese hito geográfico que separa el norte y el medio del sur, una marca que implica una forma de ser, unas costumbres y una lengua; el otro es Tembleque, en la provincia de Toledo, una pequeña localidad que separa el norte del medio. Y ese medio es La Mancha, un peculiar territorio que no es norte ni es sur, que no es mar ni es montaña, un sitio donde parece que nada sucede cuando todo ha sucedido ya. En Tembleque comienza la muy literaria Ruta de don Quijote, un recorrido por la planicie que recrea los parajes que recorrieron Quijote y Sancho hasta toparse con los molinos. De Villacañas a Mota del Cuervo se recomienda abrir las ventanas y circular despacio para que el paisaje penetre en la retina. En esta última localidad se halla, sobre un cerro, un puñado de molinos de viento. En uno de ellos se hace la molienda cada domingo. Y aunque la maquinaria no es la original del s. XVI, resulta emocionante observar el proceso de elaboración de la harina. Unos kilómetros más adelante se encuentra Campo de Criptana. En esta villa de quince mil habitantes, los molinos están integrados en el casco urbano, en un cerro accesible desde la localidad. Y no es ésta su única peculiaridad, pues algunos de estos molinos sí son originales del s. XVI. En la bajada desde el cerro al pueblo el visitante puede encontrar un par de restaurantes y una tienda de artesanía donde se sentirá muy bien tratado. El tercer conjunto molinero está un poco alejado de los anteriores y conviene hacerlo en el trayecto de subida por la A-4. A unos pocos kilómetros de Madridejos se encuentra Consuegra. Es uno de los más espectaculares conjuntos, principalmente debido a su enclave, pero la afluencia masiva de turistas madrileños complica la visita; en días festivos resulta difícil encontrar aparcamiento en el cerro. Y tras una ruta por carreteras comarcales citadas anteriormente, los molinos de Consuegra son un bofetón de realidad que te devuelven de golpe a la M-40 y sus atascos. De haberse topado con los de Consuegra, don Quijote hubiera visto molinos en vez de gigantes. 
Molinos de Campo de Criptana.
No conviene olvidar que en este trayecto de carreteras secundarias que empieza en Tembleque hay que parar obligatoriamente en El Toboso, pequeña villa de aire quijotesco y fragancia literaria donde se puede visitar la casa de Dulcinea. Al final de la ruta de los molinos que sigue la N 420, dirección sur, nos topamos con Puerto Lápice, donde el personaje más popular de la literatura fue armado caballero y donde existe una venta inspirada en una de época (que además lleva el nombre de nuestro héroe) y una preciosa plaza mayor con galerías de madera que servían de grada para las corridas de toros. Un poco más abajo, ya lejos de los Montes de Toledo, encontramos Daimiel, con sus Tablas, que son un marco incomparable para hacer rutas y observar la infinidad de aves que sobrevuelan el humedal. Y Almagro, un precioso pueblo manchego de trazado racional, grandes ventas y una originalísima plaza mayor. Allí el viajero puede descansar tranquilamente, alejado de las grandes vías de comunicación que van hacia el sur, y visitar el precioso corral de comedias que se conserva. Muy cerca de Almagro, a pocos kilómetros, está Ciudad Real, la capitaleja, una localidad con muy poco que ofrecer al turista. Conviene no obstante, probar las migas o el pisto que sirven los bares de la concurrida plaza mayor. 
Venta de don Quijote (Puerto Lápice)
En la Mancha se respira paz y literatura, se respira autenticidad y buena onda, se intuye otra época, un legado virgen que el sistema no ha podido romper, un conjunto de creencias populares, una fragancia en el viento, un algo abstracto, no sé bien qué, que ya plasmara Almodóvar en su película Volver y que, doy fe, algunas noches se puede sentir como una especie de nuevo síndrome de Stendhal, una sensación tan extraña como novedosa para el visitante primerizo. Y es que algo especial tiene que tener esta zona de España cuando dos de los catorce parques nacionales del país se encuentran en ella y cuando el escritor que firmara la historia más grande de la literatura universal se inspiró en sus tierras y sus gentes para hablarnos de todo lo que quienes vinieron detrás sólo han sabido repetir.

1 comentario:

Gonzalo Hernández Baptista dijo...

Me ha gustado mucho leer algo bueno de mi tierra, estando a miles de kilómetros de ahí.
Muchas gracias.