jueves, 26 de abril de 2012

Nada


He disfrutado mucho con la lectura del primer premio Nadal: Nada, de Carmen Laforet (no, a mí no me tocó leerla en el instituto). En un logrado ambiente de sordidez y violencia, la autora retrata con precisión a una familia de la burguesía catalana, venida a menos tras la guerra, que se aferra a su estatus gracias a la única posesión que le queda; su enorme casa en la calle Aribau, una de esas que incluían criada y perro. No tienen qué echarse a la boca, pero son tan decentes que al menos guardan las apariencias. 

Si doy crédito a lo que oigo a diario en las noticias y lo interpreto en el contexto histórico que merece, no puedo evitar relacionar esta España de hoy con la que narra Carmen Laforet en su novela, pues no me parece exagerado afirmar que existe una analogía entre la España de postguerra y la España de posteuro. Arrodillados ante las exigencias de Alemania, a la que le aún debemos asfalto y ancho de vía, el nuevo gobierno está decidido a empobrecer a la clase media española a base recortes socio-económicos que rozan con descaro el autoritarismo más antidemocrático que hayamos vivido nunca los hombres y mujeres de mi generación. Los felices años noventa quedaron atrás y toda la riqueza de cartón piedra que fomentaron aquellos que ahora hablan de austeridad se ha desmoronado para dejar paso a la verdad: somos un país a medio hacer, un invento con autonomías de corta y pega, un extraño híbrido entre la socialdemocracia y el neoliberalismo más descarnado. 

Para desgracia del ciudadano, el neoliberalismo ha conseguido invertir el mito de Saturno y devorar a su padre. El sistema de bienestar que hemos conocido en el mundo occidental durante los últimos treinta años se ha venido abajo para convertirse en un solar sobre el que, previa recalificación, se construirá un nuevo modelo de gestión política basado en el miedo. El miedo a lo desconocido (y las finanzas son tan inescrutables como el universo) es la clave para controlar la voluntad de la masa. Algo que ya sucediera en el convulso siglo XX. Y aunque ya no suenan las armas de las grandes potencias, la bolsa sigue sonando para musicalizar nuestros designios. Basta con decir "hay que apretarse el cinturón" o "hay que ser solidarios" o "hay que asumir que es culpa de todos" para que parte de la población, subyugada ante el temor a perderlo todo, asienta sin rechistar y termine por adoctrinar a otros con las mismas frases con las que les convencieron a ellos.

Nada, que refleja con precisión la sociedad española de los años cuarenta, se actualiza hoy para recordarnos las peligrosas peculiaridades de este país de picos y valles cuyos habitantes, ya esquizofrénicos tras experimentar durante décadas un muy particular eterno retorno, pasan de cagar en un corral a conducir un Mercedes con la misma facilidad que pasan de poseer medio mundo a perderlo todo en un par de batallas. Es nuestro sino. Es Nada.

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