domingo, 4 de marzo de 2012

La invención de Hugo, de Martin Scorsese


Hacía tiempo que no me pasaba más de media película emocionado, con un nudo en la garganta, disfrutando con las sensaciones que el cine visto en sala puede generar; la magia. Y precisamente de eso habla la película: de la magia del cine, de la creación de ilusiones, del truco, de la mentira, de la manipulación del tiempo, del aprovechamiento que el séptimo arte hace de la imperfección de nuestro sentido de la vista, que como ya anticipó Leonardo, es fácil de engañar.

La historia es preciosa, los actores están soberbios, la realización es para mostrarla en las escuelas de cine, la dirección artística pasará a la historia, la música, los decorados, la atmósfera… He querido escribir esto unas horas después de salir del cine para plasmar en el papel (formato Word) mi emoción. He vuelto a ser niño gracias al cine, un niño adulto que tuvo que crecer. Exactamente igual que el protagonista de la película, Hugo Cabret, un huérfano que ha aprendido el oficio de relojero de la estación de tren gracias a su tío (un viejo alcohólico que lo adoptó tras la muerte de su padre) y que sobrevive robando. Cuando su tío desaparece, en extrañas circunstancias, Hugo se quedará sólo con su amigo el autómata, un viejo cacharro que no funciona sin una llave especial con forma de corazón. Los juguetes y la magia llevarán a Hugo hasta un viejo juguetero que desencadenará toda esta historia de relojes, trenes, novelas, juguetes, cinematógrafos, miserias, recuerdos, aventuras y derrotas, plena de simbolismo y de metaficción. La película, además, posee un hondo sentido filosófico; nos plantea la cuestión del tiempo como manipulación humana de un proceso incontrolable, y hasta cierto punto desconocido, del universo, y sirve también como homenaje al cine y sus inicios (la historia de George Meliés), del que, con maestría, recupera su intención primigenia; el ilusionismo. 

Por ponerle una pega: quizá con diez o quince minutos menos, eliminando algunas escenas de la segunda hora de metraje (como la del sueño dentro del sueño del protagonista: nos vale como metáfora y es técnicamente soberbia, pero arruina parte del desenlace y alarga demasiado el metraje), sería aún más redonda, porque si de algo peca es de un cambio de ritmo muy acusado en el segundo acto, que ralentiza un poco el despliegue narrativo del primero.

De todas formas, creo que se trata de la típica película que, como el buen vino, ganará con el tiempo. Dentro de unos años la volveré a ver, y creo que entonces podré analizarla con mayor amplitud, sin poner tanta pasión. En cualquier caso, lo que Scorsese ha conseguido recrear; un mundo mágico gracias a un invento mágico, quedará en las retinas de quienes lo hemos visto, o experimentado, más bien.

No hay comentarios: