domingo, 19 de febrero de 2012

Los hombres de mi almohada, de Noelia Jiménez


A un amigo no se le tiene solo para cuando a una le da la gana. Cuando quedas con un amigo te molestas en alisarte el pelo. Y en depilarte si vas a llevar falda. Cuando vas a ver a un amigo, a un amigo de verdad, te pones mona, aunque no acudas a la cita con intención de jugar a los médicos. Y, sobre todo, cuando quedas con una amigo no sueles mirar el reloj veinte veces por minuto, deseando que las agujas compitan por ver cuál te da gusto antes y se empeñen en llegar a la meta raudas para que tú puedas hacer de Cenicienta y marcharte a casita a planchar la oreja (sin perder el zapato, que no anda la economía para dispendios de tacones).
Pero un día empiezas a llamarle “amigo” para que se vaya grabando a fuego en las neuronas que le quedan por gastar que contigo de cama, nada. Que no te gusta –no la cama, sino él-. Que no te planteas darle un pico, cuanto más un muerdo con lengua. ¿Y sexo? ¡Puag! No, no, con los amigos el sexo es delito. Una especie de incesto sin peligro de que, llegado el caso de una rotura condonera, el niño te salga tonto.

Fragmento del relato El amigo con derecho a coces.

Los hombres de mi almohada, de Noelia Jiménez. Eutelequia, 2011.

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