domingo, 12 de febrero de 2012

Emaús, de Alessandro Baricco

La nueva propuesta literaria de Baricco mantiene la esencia del estilo fresco, conciso, musical y lleno de silencios que le catapultó la fama, pero quizá esta vez el material que ha elegido para construir su obra no sea el más atrayente para un lector de hoy día. Como ya anticipa el título, el autor italiano elige el relato de Emaús (del Evangelio de Lucas) para establecer una analogía entre la narración bíblica y la suya propia, ambientada en un lugar indeterminado de Italia en una época no tan lejana como pudiera parecer. La historia nos cuenta el despertar a la vida y, sobre todo, a la realidad, de un grupo de adolescentes provenientes de familias ultracatólicas aferradas a unos códigos morales decimonónicos y represivos que les obligan a ceñirse a un canon de conducta que no puede conducir a otro lugar que no sea un destino fatal. Como en la historia de Emaús, los protagonistas caminan junto a la verdadera realidad sin ser capaces de darse cuenta de que están en ella. Es una obra que nos habla del despertar, de la percepción de la realidad en función de la educación, de la fe y del concepto de pecado, de la solidez de las ideas y de la debilidad de la carne, de la tentación del diablo en forma de serpiente, ésa que muerde y envenena.

El narrador es uno de esos adolescentes y desde el principio del libro parece ser el único con posibilidades de redimirse. Él nos va introduciendo en las vidas y las familias de sus compinches y también en la del personaje clave del libro, Andre, una chica liberada sexualmente que proviene de una familia de clase alta marcada por la tragedia. Ella representa la figura del pecado, la tentación, la prueba que han de superar para alcanzar la pureza y librarse de la cárcel pitagórica del cuerpo. Se presenta al personaje como un ente etéreo, como un animal mitológico, como una suerte de leyenda para este grupo de amigos, que poco a poco irán conociéndola de verdad.

Se mete deliberadamente el autor en camisas de once varas (gesto que, independientemente del resultado, siempre admiro en un autor, sobre todo en uno que lo ha conseguido ya todo); en ocasiones rozando posturas ciertamente arriesgadas. Transmitir al lector la espiritualidad católica (tan abstracta y alejada de la divinidad) me parece algo realmente difícil de conseguir. Especialmente como lo hace él; haciendo al lector partícipe del conflicto ético. Y lo resuelve bien, puesto que hay instantes verdaderamente intensos y además la intriga mantiene la tensión en los momentos que la historia lo pide. Aunque esta historia, a diferencia de la de Seda o la de Novecento, parece mantenerse siempre en un plano místico alejado del lector, como si la temática no existiese en la realidad, como si fuera demasiado inverosímil, como si se tratase de un thriller de Almodóvar donde, tras un inicio realista, un travesti acaba teniendo una hija con una cabra, o algo así…

Es este punto flaco el que impide, desde mi punto de vista, empatizar totalmente con una obra que, eso sí, está impecablemente escrita, sabe mantener el pulso narrativo, contiene frases magistrales y nos hace disfrutar con pasajes de gran carga erótica en los que el lector no puede dejar de leer del mismo modo que dos amantes no pueden dejar de moverse cuando están a punto de llegar al clímax de manera coordinada. 

En resumen: el Baricco de siempre, sólo que en esta ocasión ha decidido levantar una casa de adobe, en vez de una de sólido ladrillo rojo.

Supe entonces que aquel niño existía, porque reconocí algo así como la cuadratura del círculo –el encuentro de dos geometrías. El sortilegio que gobernaba a aquella familia, ensamblando cada nacimiento con una muerte, se había entrecruzado con el protocolo de nuestros sentimientos, que unía cada culpa con un castigo. De todo ello resultaba con plena evidencia una cárcel de acero –oí nítidamente el sonido mecánico de una cerradura.

Emaús, de Alessandro Baricco (Anagrama, 2011) [traducción de Xabier González Rovira].