sábado, 17 de diciembre de 2011

Moro, de Daniel Ruiz García

Esto no es una reseña. A partir de este momento, no haré más reseñas de libros firmados por autores españoles. Pero antes de cerrar el chiringuito, me gustaría hacer unos apuntes, a modo de pinceladas, sobre el lienzo narrativo que ha construido Daniel Ruiz García. 

Moro es una novela realista de corte ciertamente clásico que nos narra las aventuras y peripecias de Hassam, un magrebí mudo que llega a España en patera y que consigue hacerse un sitio en la sociedad gracias a un valor que nace de la más absoluta de las desesperaciones. El autor nos conduce con maestría hacia las profundidades de la ética y consigue, debido al excelente perfil que va construyendo del personaje principal, que el lector no se detenga a juzgar, sino a observar. 

El tono de la narración es eminentemente periodístico, pero muy literario, con una perfecta ejecución de la sintaxis, un amplio abanico semántico y una constante preocupación por las figuras literarias y los recursos narrativos. Daniel es un maestro descriptor (1), describe situaciones y escenas como pocos, y eso le ayuda a mantener también un pulso narrativo que avanza sin prisas hacia un conflicto final que se antoja heredero de la escritura de guiones cinematográficos.  
  
En resumen: Moro es una novela que aborda un problema social que quizá hoy día sea menos visible que hace ocho años, pero que, por desgracia, aún sigue vigente en la actualidad. Con su lectura, uno alcanza a comprender la dureza de la vida del inmigrante ilegal mientras se deja seducir por la ternura que desprende el texto (2), un gesto tan sutil que consigue impregnar poco a poco el corazón del lector y permanecer en él aun con el libro ya cerrado. 

(1):
El aceite de la luna mantenía encendido débilmente el cielo, como la llama de un candil que estuviera próxima a extinguirse. Fuera de eso, en la playa todo era oscuridad. Mirando hacia atrás, se divisaban las luces de los hogares, temblando como frases incompletas de un morse inteligible. Se iban apretujando en el punto acordado, apenas sin hablar, como si hicieran todas las noches el mismo ejercicio. Era al cruzar palabra cuando las gargantas los delataban, el nerviosismo tijereteaba las sílabas y hacía castañear los dientes. 

(2):
Hassam correspondió a la sonrisa, sin dejar de mirar a los ojos de la puta. Sorbió un poco de ginebra y dejó nuevamente el vaso en la barra. Detrás del vaso, la puta continuaba sonriendo. Hassam se atrevió: posó su mano derecha en la barra y la arrastró hasta la de la puta. Rozó sus dedos con el meñique y percibió un ligero temblor. La puta no retiró la mano, así que el meñique de Hassam se demoró en la caricia.

Moro, de Daniel Ruiz García (Eutelequia, 2011).

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