domingo, 27 de noviembre de 2011

Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás



El estilo está en función del tema. No se le puede imponer el estilo al asunto, sino que debe surgir de él. El estilo es la fidelidad al pensamiento. La palabra correcta, la frase verdadera, la oración perfecta están siempre “ahí afuera”, en algún lugar; la tarea del escritor consiste en localizarlas por cualesquiera medios que estén a su alcance. (Julian Barnes, El loro de Flaubert).


Abro la reseña con esta cita de Barnes porque al empezar a leer Últimos días en el Puesto de Este tuve la impresión que el estilo se elevaba por encima de la propia historia. Pero nada más lejos de la realidad, como apunta Barnes, el estilo surge del asunto; conforme el lector pasa páginas se da cuenta que la Fallarás no ha hecho más que ser fiel a su corazón y ha decidido ejecutar la narración como la sentía; con una poética que sólo encaja en las historias de amor.

La voz narrativa es una primera persona que parece llevar un diario de su historia. Sus palabras están dirigidas alguien, tal vez a quien en un futuro, un presente, un pasado o cualquier otro tiempo pretérito, se convierta en potencial recepetor de estas notas de despedida. El doble espacio entre párrafos no sólo sirve para indicar el habitual salto de narración, sino también para marcar el cambio hacia una narración paralela que nos evoca recuerdos de la protagonista y que sirve además para completar la historia de la madre abandonada que se hace cargo de dos niños pequeños en un futuro apocalíptico donde la guerra es la única forma de vida. Replegados en una atalaya, los únicos supervivientes del cerco esperan a su capitán mientras viven sus últimos días en el Puesto del Este. Pero no es ésta, ni mucho menos, una historia bélica, sino de amor. Cristina Fallarás establece una analogía entre el amor y sus opuestos. Los sentimientos son la vida y la ausencia o el recuerdo de ellos la muerte. La ternura es la redención. 

Con una prosa que se eleva hasta los altares de la poética, una sintaxis desnuda y sin barroquismos y una puntuación ciertamente personal, la autora nos cuenta la historia de un final, el final de la protagonista, de sus hijos, de su marido, de toda la raza humana... ¿Qué importa? En cualquiera de los casos, se trata del final. Y de eso habla la novela, del final y de todos los finales, de un angustioso trayecto hacia la única certeza existencial que nos concede nuestra limitada sabiduría, la muerte. 

La novela está escrita con las tripas, con las entrañas; es cruda, descarnada, políticamente incorrecta y, sobre todo, valiente. Muy valiente. Es una mujer de raza, esta Fallarás, ¡carajo!, no se anda por las ramas y prescinde de los ambages. Para muestra un botón: Sobre aquel camastro habíamos invocado al diablo del deseo salvaje, habíamos gritado de placer, aullado de dolor, llorado de impotencia y agradecimiento, contra aquellas paredes habíamos sangrado descuidadamente en torbellino (…).

Últimos días en el Puesto de Este es, por otro lado, una novela vanguardista; no descubre nada nuevo, pero se articula en torno a fragmentos sueltos que, independientemente de su linealidad, el lector ha de ir reconstituyendo en su mente. Se trata de una narrativa en movimiento en cuyas grietas se esconde toda la fantasía y ficción que el receptor del mensaje sea capaz de aportar al que ya ha aportado, en la propia concepción y ejecución del libro, la autora.

Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás (DVD Ediciones, 2011). XLII premio Ciudad de Barbastro de novela corta.

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