domingo, 6 de noviembre de 2011

Sobre la muerte de Simoncelli

No voy a hablar de motociclismo, como cuando falleció Tomizawa. Me mantengo firme en mi opinión sobre la categoría de Moto 2, tan entretenida como peligrosa. Con cuarenta motos en pista el riesgo de atropello es demasiado elevado. El mismo fin de semana que tuvo lugar el fatídico accidente de Super Sic en Moto GP, pasó desapercibido otro terrible atropelló que aconteció durante los entrenamientos de Moto 2: Axel Pons caía al suelo en una curva y otro piloto, Noyes, le pasaba por encima. A pesar de algunas lesiones, el pronóstico no pasó a mayores. Pero, para que luego no digas que no cumplo mi palabra, volvamos al principio; esto no es un artículo sobre motociclismo.

¿Por qué tanta complicidad y homenaje tras la muerte del piloto italiano? ¿A qué obedece semejante despliegue informativo? ¿Cuál es la diferencia entre la muerte de Simoncelli y la de un actor, un político, un escritor?

El deporte, como muchos otros entretenimientos, forma parte de nuestras vidas, sirve de evasión a los problemas reales y en algunos casos, como el de los hinchas de fútbol que acompañan a su equipo allá donde va, se convierte en una forma de vida. Un escritor saca una obra cada año, cada dos años, cada quince… Lo que de él perdura es su arte, no su imagen, ni siquiera sus comentarios en los medios, opiniones, por cierto, generalmente esporádicas. En cambio a un futbolista lo vemos en la tele cada semana, incluso cada tres días, en algunos casos. Sucede lo mismo con los pilotos de motociclismo, un deporte muy seguido en este país. Son jóvenes que los aficionados conocemos desde que tienen quince años. Los vemos crecer cada año, madurar en su pilotaje y sus declaraciones; nos generan simpatías o antipatías, nos hacen disfrutar cada domingo. En resumen: queramos o no, los pilotos de motociclismo forman parte de la vida de los aficionados; no son nuestros amigos, pero tampoco son unos conocidos cualquiera.

Pero no es esto lo que convierte la muerte de algunos deportistas en un duelo público, sino la muerte en directo. Lo que nos conmueve y nos afecta es contemplar la muerte: ver el accidente, esperar en vilo que no sea nada grave igual que uno espera que todo el mundo esté vivo cuando se ve en la obligación de asistir a los heridos de un accidente en carretera. Son circunstancias en las que se genera una empatía que afecta hasta a quienes, como mi pareja o mi madre, no saben nada de motos pero se disgustan al ver el casco rodar por el suelo a modo de metáfora. Ya sucedió algo similar cuando falleció Antonio Puerta, futbolista del Sevilla y la Selección Española, durante un partido que se emitía en abierto. Fue un drama televisado en directo. 

Aunque, de unos años para acá, la realización televisiva se ha sensibilizado respecto a la emisión de imágenes que puedan herir la sensibilidad, sigue siendo ilustrativo el hecho de que nos conmueva tanto la muerte en directo. Y es que lo que realmente asusta al ser humano, y de paso lo convierte en solidario, no es la perdida en sí, sino la visión de la muerte en vivo; en este caso desde el sofá, sin acción, como si fuera la de un personaje de una película que nos emociona.