martes, 6 de septiembre de 2011

“Lo que me da la gana” La piel que habito. Pedro Almodóvar.



Lo que sí tiene Almodóvar es amor por el riesgo. Siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, lo cual en los ochenta era de agradecer, pero tras convertirse en figura internacional ese “hago lo que me da la gana” se ha transformado, en muchas películas suyas, en una especie de invitación a tomar partido: o eres fan y lo defiendes como si te pagaran por ello o eres un detractor. Almodóvar ha llevado su peculiar lenguaje a un límite que le empuja, película tras película, a cometer errores que afean en demasía el resultado final. ¿Me ha gustado o no me ha gustado? Los dos modelos de respuesta bipartidista y polarizada que encuentro en los debates populares son: “puf, a mí no gustan las pelis raras” o “es un genio”. Porque La piel que habito, como las tres anteriores, tiene elementos brillantes, pero también errores, o patinazos, de bulto, en los que, por cierto, cada vez cae con mayor frecuencia.

Almodóvar lleva la dirección de cine al extremo sensible de un músico, un pintor o un escultor. Se implica y pone todo su yo en el proceso. Eso no se le puede negar. Pero quizá ese yo no sea lo que más necesite su cinematografía actual. La piel que habito tiene detalles excelentes y secuencias para olvidar, pero sobre todo innecesarias. La tautología nos dice, por tanto, que estamos ante una obra irregular. 

Los errores a los que me refiero están casi siempre en el guión. No se le puede negar el gusto en la estética, la creación de atmósferas, la dirección de actores e incluso la puesta en escena, pero… joder, Pedro, ¡la escena del tigre (del tío disfrazado de tigre), es tan innecesaria como extensa! Por otro lado, y para mí esto es lo peor, el final no emociona. Y no lo digo sólo por mí; salí por la puerta de emergencia del Cine Callao, lleno a reventar, y una gran mayoría, sobre todo las parejas, reían a carcajadas. Se partían de risa, vamos. Ciertamente, la escena tiene su coña, pero es que se trata a todas luces una escena dramática. A mí, desde luego, no me emocionó lo más mínimo. Estuve más cerca de la risa, digamos que junto a la risa contenida. Total, que salí del cine pensando que había tirado el dinero.

Pero conforme han pasado las horas he ido recordando algunas de las escenas memorables, como ese eje de acción que establece, plano-contraplano, entre un personaje de espaldas y otro en una pantalla, como ya hizo, con mucho talento, por cierto, en Los abrazos rotos, y entonces… I changed my mind (lo pongo en inglés porque más que haber cambiado de opinión, mi mente ha ido mutando en su recuerdo). A lo que voy: no me ha encantado, ni mucho menos, pero tampoco me parece tan mala como había pensado en un principio.

Me preguntaba, durante la proyección, cómo hubiera narrado Cronenberg esta historia. Preguntas estúpidas que se hace uno viendo pelis de Almodóvar en el cine (digo en el cine porque también las ponen de vez en cuando en La Primera). Hay un poco de terror, mucha psicología y una elipsis bien cerrada que salva la primera parte de la película, confusa y poco atrayente. Hay dos pedazos de actores bien dirigidos. Hay música almodovariana. Hay sexo. Hay piel, mucha piel, y hay un conflicto muy profundo acerca de la identidad.

En resumen: Almodóvar podría haber alcanzado la categoría de leyenda si se hubiese dejado ayudar por un guionista que viera más allá de su mundo. Una visión objetiva que le obligase a quitar los vicios y le empujara a alcanzar una narración no sólo más elevada, sino también más uniforme, sin constantes altos y bajos, algo a la altura del potente material que suele manejar y de la estética que es capaz de crear. El día que vea en los créditos: Guión Pedro Almodóvar y Jorge Guerricaechevarría (por poner un ejemplo) igual contemplo por fin una obra redonda de este creador de controversia que nunca deja indiferente nadie, pero de quien también se espera ya, de una vez, una obra realmente redonda, y menos “lo que me da la gana”.