viernes, 30 de septiembre de 2011

La muerte de Artax en cuatro niveles narrativos

La persona que va a venir pertenece a mis recuerdos (Antonio Tabucchi, Réquiem)

Trabajar con niños ha descubierto una faceta desconocida en él, un instinto bloqueado tras la coraza de acero que había apuntalado entorno a su forma de ser. Una persona fría que no muestra sus sentimientos es una roca granítica a prueba de dramas. Un tipo duro no sólo no llora, sino que tampoco se emociona. Su misión se reduce a tomar las riendas de su entorno social y otras heroicidades. 

Pero, como diría Bunbury, “porque las cosas cambian”, todos en algún momento de nuestra vida, nos paramos un momento a pensar y nos estremecemos cuando nos damos cuenta que existe un vacío enorme que por momentos nos atrapa, una sensación que tiene su propia etiqueta en la Historia del Arte: el nihilismo. 

No es sino esa palabreja futurista lo que nos angustia y nos convierte en seres vulnerables. Y es en la densidad de esa Nada en la que caemos de vez en cuando donde, tras inmovilizar el cuerpo, una potente fuerza nos trasporta al mundo del recuerdo.

Han pasado muchos años (aunque podríamos decir también muchos meses, días o incluso minutos, porque nuestro tipo duro es consciente que su existencia se ha reducido, quizá siempre fue así, a un instante que no tiene futuro más allá del pensamiento siguiente), pero el protagonista de esta historia sigue en el colegio. Jornadas enteras junto a niños de todas las edades que, no sólo despiertan en él cierto instinto paternal, sino que además le enternecen hasta el escalofrío. Tiene canas en la perilla y un par de entradas de las de palco vip. Vive en otro cuerpo, pero también es otra persona. Alguien poco volátil, pero ciertamente vulnerable. Un ser sensible que perdió su coraza en el vacío de la Nada durante uno de esos momentos de recuerdo provocados por la dificultad de constatar el tiempo en el que vive. Hace poco encontró en un rincón de su mente un momento tan remoto como intenso:

Sucedió en una pantalla de cine mientras se proyectaba La historia interminable. En los pantanos de la tristeza, Artax, el caballo de Atreyu, muere mientras intenta atravesarlos junto a su amo. En palabras del propio Atreyu, “el que se adentraba en ellos, corría el riesgo de que una enorme tristeza se apoderase de él. Y si esto ocurría, se hundía poco a poco en las aguas cenagosas”. El pequeño héroe Atreyu sale vivo de los pantanos, pero el caballo muere de manera trágica. La novela de Michael Ende, en la que se basó el guión, otorga al caballo sentimientos; es decir, le afecta la tristeza más que a su amo. Y en el instante que Artax se hunde, nuestro héroe se hunde también en una butaca de cine anegada por sus propias lágrimas. No existe para él ninguna historia tan dramática como ésta; porque cuando se pretende emocionar a un niño, se le marca para toda la vida. 

Y cuando el niño, días después, ya adulto, conoce por primera vez la Nada que destruye (la) Fantasía, se da cuenta que la muerte de Artax es uno de los recuerdos más fuertes a los que puede agarrarse. Era muy pequeño cuando sintió por primera vez la emoción que genera lo fantástico. Y aunque de vez en cuando sigue soñando, ahora también es capaz de observar la ficción desde una perspectiva mucho más amplia, en cuatro niveles narrativos:

no sólo lloró Atreyu,
también lloró Bastian,
y un poco más allá, nuestro héroe,
y luego yo, el narrador, mientras escribía esto.