miércoles, 31 de agosto de 2011

El fondo del cielo. Rodrigo Fresán

No es una lectura fácil.
No sé cómo explicarlo.
Cómo desarrollar la reseña.
Hay fondo. Hay cielo. Hay tres personajes y algún que otro planeta, lejano.
Pero, ojo, esto no es una reseña de una novela de ciencia-ficción, sino de una novela con ciencia-ficción. Y eso lo cambia todo.
Original, sí. Original y atrevida son dos buenos calificativos. Interesante no. No diré interesante, porque interesante es una palabra tabú en el mundo de las reseñas y los reseñistas. Pero vayamos al grano: en la novela hay tres partes que serían (lo siento, tengo que usar el condicional) como el presente, el futuro y el pasado. Y hay tres personajes principales que podrían ser uno, un TODO que no es otra cosa que el AMOR. Un amor espiritual y muy alejado de lo físico, eso sí. Y hay también un hacedor o hacedora o demiurgo o escritor que controla todo desde el futuro, que no es otra cosa que el pasado y el presente, a través del recuerdo, ese recuerdo que tienen los muertos cuando están vivos en el cielo esperando extinguirse o desvanecerse o desaparecer como se desaparece allí.
“El fondo del cielo” es como uno de esos pasatiempos de los magazines dominicales donde el lector forma un dibujo al unir los puntos. Conforme vas leyendo, te vas enterando de (algunas) cosas. Por si esto fuera poco, el autor cambia los tiempos, y las voces y hay digresiones y saltos de párrafo y una obra dentro de la obra y qué sé yo…
Y la ciencia-ficción, claro. Sin ser ésta una obra del género, ¿eh?, que quede bien claro que no lo es. Pero lo referencia y nos habla del recuerdo y de planetas lejanos y, como sucede al leer a Borges (me cuesta menos que leer al propio Fresán), más que respuestas, uno se va a la cama con un saco de preguntas complejas. La vida en otros planetas, y la muerte y su más allá, y las inteligencias superiores, y los estratos elevados, y el AMOR… y el estilo, ¡Ay!, el estilo. Qué estilazo, qué valiente este argentino que reside en Barcelona y que escribe como los indios o como los marcianos; porque el libro está escrito por un marciano, y, mire usted, después de todo da gusto leerlo; estético como pocos en su métrica del recuerdo.
¿Reminiscencias? Borges. Me recuerda a Borges. Un Borges, eso sí, con Converse All Star y gafas de pasta, incluso un Borges que lleva un Ipod Shuffle y camina por el SoHo escuchando “Viva la vida”, de Coldplay, mientras se pregunta –o no sé pregunta, pero reflexiona- qué es el tiempo y por qué estúpida razón los humanos materializamos o intentamos hacerlo cosas tan abstractas con semejante sinsentido.
Después de todo, pienso, como siempre he pensado: ¡qué inteligentes son los judíos! Si alguien ha venido de otro planeta y nos ha colonizado, son los judíos. Y la cábala debe de ser algo así como un manual de instrucciones para viajar a otro planeta desde donde observar para convertirse uno en demiurgo, como es demiurgo o hacedor un narrador y también aquel que se esconde tras él riéndose a carcajadas de sus personajes, con los que juega en su nivola. Ay, Fresán, qué descubrimiento has sido, eres y serás, qué rápido he devorado una obra que parecía densa y difícil y propia de alguien de otro planeta o de un muerto viviente o de Rubalcaba mirando los monitores del CNI. 
No sé quién dijo o escribió una vez sobre la velocidad de las cosas. Ese tío, sí, ése, se merece que alguien le espete una frase que un día, tal vez en sueños, me dijo un exportero y entrenador de fútbol argentino llamado Jorge D’Alessandro cuando, por casualidad, entablamos una conversación futbolística: 
¡pero vos sos un crack!
Como crítica: me sobra el epílogo.

El fondo del cielo. Rodrigo Fresán. Mondadori, 2010.

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