viernes, 19 de agosto de 2011

Constatación brutal del presente. Javier Avilés

Alguien me dijo antes de que cayera en mis manos: “Es un libro denso”. Tras su lectura yo añadiría: “Es denso de cojones”. Por lo menos para mí y para quien me advirtió. Pero, paradójicamente, me lo he leído de dos tacadas. De acuerdo, es una novela –bueno, no tengo muy claro si es una novela- breve: unas ciento setenta páginas. Pero, ahora que lo pienso, no puede ser tan denso como el recuerdo de su lectura me dice que ha sido, si, como digo, lo he leído en dos ratos. Esto último me conduce al sinuoso terreno de la duda: o no es un libro tan denso como parece en su inicio o su densidad es tan navegable como el Guadalquivir a su paso por Lora del Río.

En resumen: es fácil contradecirse haciendo la reseña de un libro tan contradictorio e inclasificable, que además habla, si es que habla de algo aun hablando de muchas cosas, de la negación, o de todas las negaciones, o yo qué coño sé…

CBDP consta de varios paños que se van cosiendo con hilo muy fino y que terminan metidos en un recipiente o túnel o paquete o incluso costurero que es, finalmente, el libro en sí, la obra física que acaba en manos del lector. Pero CBDP existe también como la obra que no está en manos del lector sino en la mente del lector que la ha leído. Ahí queda el poso de esta no narración, una negación de la escritura y la lectura proveniente de un profundo pesimismo. Una pesadilla.

Le preocupan a Avilés las relaciones entre la realidad y la ficción, entre el narrador y sus personajes, entre el que escribe y el que lee. No deja de ser tampoco, CBDP, un ensayo de literatura comparada. Los falsos documentales y las películas, y el terror, y la ciencia-ficción y, por qué no, hasta el gore. Todo metido en el tubo, en el cilindro, bajo La Cúpula, bien batido, da como resultado un producto final con un estilo poético de gran magnitud literaria. Y para corroborar esto, recuerdo, me recuerdo a mí mismo, que he visto a Fresán y a Vila-Matas y a Borges y a Beckett y a Joyce, y tantos y tantos enemigos de Flaubert, corriendo en paralelo junto a la narración (o no narración) de Javier Avilés, mientras leía el libro. Porque todo enlaza con todo y todo depende del todo y al final todos somos uno y todo a la vez. Y veo también a Pitágoras con su cuerpo como cárcel del alma. Un alma libre que quiere salir fuera del aburrido y encapsulado sistema solar para vivir sin tiempo y sin gravedad.

Total, que hay un personaje sin identidad que aparece en un edificio en ruinas. Un personaje que escribe y se observa mientras escribe, intentando constatar, de manera tan brutal como algunos pasajes del libro, su presente para tener algo a lo que agarrarse, para tener TIEMPO. El hambre como constante exigencia del cuerpo, de la carne, de esa repugnante materia orgánica que se alimenta del aire mientras lo abren en canal. Un cuerpo desfigurado y un rostro sin facciones en una dimensión donde sólo existe un yo y lo demás es una de esas telas verdes que llaman croma y que sirve para aplicar sobre ella, en el estudio de montaje, los efectos especiales.

La última parte, que es casi la mitad del libro, se acerca a un lenguaje menos ilegible, más Hire, por decirlo de manera vilamatiana. Se trata de la devastación total. Una pareja ante the end. El caos. La destrucción. Pero, oh, deus ex machina: ¡quizá el amor pueda salvarles! Un koala violando a la novia toda velocidad. Un koala espídico ante la cercanía de un final que ya fue y ya conoce. Y tres personajes como la santísima trinidad en un viaje hacia el interior, hacia dentro de sí mismos (o de sí mismo, quizá). Luz y cielo, un chasquido o una explosión, depende en que “tiempo” te encuentras, y, ¡zas! Se acabó. Fin del sueño.

Mi más sincera enhorabuena por tu valentía y tus ganas de experimentar, Javier Avilés.

Constatación brutal del presente. Javier Avilés (Libros del silencio, 2011).

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