martes, 14 de junio de 2011

Las niñas perdidas. Cristina Fallarás.


No soy lector habitual de novela negra. Solía serlo, hace años. A decir verdad, me encanta la novela negra; la leo con pasión y paso sus páginas con avidez. Es más, prefiero leer novela negra antes que novelas híbridas que se mueven entre el ensayo y la novela, o el libro de relatos y la novela, o el diario de viajes y la novela, o cualquier otra mezcla. Me resulta más fácil y entretenido. Pero a pesar de todo esto, no suelo leer novela negra. Tal vez porque no puedo dedicarle a la lectura el tiempo que me gustaría e intento leer obras más graves que la media de novelas negras.

Dicho esto, he de matizar que “Las niñas perdidas” me ha devuelto cierta pasión por el género. Especialmente debido a la fuerza, potencia y garra del lenguaje empleado. Es lo que llamo una prosa con personalidad, un ESTILO. Cristina Fallarás, al igual que Victoria González, el personaje principal, es periodista. Y de las buenas. De raza. Y efectivamente, sabe colocar las palabras y las oraciones como el piloto sabe por dónde tiene que trazar las curvas. Sabe manejar el tempo y crear personajes sólidos. Pero además, sabe trascender: ir más allá y llevar al lector a su terreno para obligarle a poner algo de su parte y hacerle completar esta narración, la cual, por cierto, funciona como funciona un rollo de celuloide: engañando al ojo, haciéndole creer que lo que ve es imagen en movimiento y no una sucesión de fotogramas a razón de veinticuatro por segundo.

Los capítulos son como píldoras sueltas que van completando una narración que, además, parece que nunca, ni con el misterio resuelto, vaya a cerrarse. Dos niñas secuestradas que no aparecen y que dan la impresión de funcionar a modo de Macguffin articulan la trama en la que la detective y experiodista Victoria González, embarazada, embarazadísima (no sabemos de quién), se introduce en los bajos fondos de Barcelona para investigar quién está detrás de este caso de pederastia. Victoria González, Vicky, para los amigos y allegados, es una superviviente, pero por momentos, da la impresión, que es también un superhéroe (superheroína, perdón, Vicky) capaz de todo y con contactos en todas partes y en todos los estratos sociales barceloneses y, por si esto fuera poco, tiene dos cojones tan grandes como los de el caballo de Espartero. Victoria González, por momentos, da miedo. Tanto que en ocasiones llega a perder verosimilitud. Vicky es la típica mujer buscavidas dotada de un espectacular sentido de la determinación y que es capaz de conducir un tráiler, disparar un Kalashnikov, o partirle la cara a Van Damme, sin despeinarse, como quien va a comprar el pan. Pero también, y por otro lado, es capaz de ser tierna, sensible y MADRE. 

Si analizo con tanto detalle al personaje principal, aunque lo haga con cierta ironía crítica, es porque el personaje está muy bien desarrollado. Así como los secundarios y los tangenciales. Todos ellos, la prosa de Cristina y un trama que (voy a hacerme el listillo) creí haber pillado como pillo a veces al asesino de algunos thrillers en mitad de la película, pero que luego, debido a esos giros que la novela va dando, me despertó de un bofetón, hacen de “Las niñas perdidas” una de esas novelas negras que sí leería, a menudo y con agrado, si tuviera más tiempo.

Las niñas perdidas, Cristina Fallarás. Roca Editorial, 2011.