viernes, 14 de enero de 2011

Viscerales, texto a texto (y 5)


Burofax 
Quizá después de Roberto Bolaño, el autor visceral por excelencia sea Alfonso Xen Rabanal. Ambos han sido autores desconocidos para el gran público. Alfonso lo sigue siendo y Roberto dejó de serlo ya en el final de sus días. Rabanal no se anda por las ramas. Parece que ni siquiera corrige, aunque puedo certificar que lo hace. Él ha inventado la Cámara de Niebla, incluso la niebla en sí misma, ese estado onírico y resacoso en el que el autor se pierde deliberadamente esperando encontrarse a sí mismo en un lugar más íntimo que el que la sociedad del bienestar le ha otorgado. “Burofax”, dedicado al gran pintor y artista del renacimiento Jens Peter Jensen, es un monólogo en el que la voz parece dirigirse a alguien impersonal: un estado, un sistema, una forma de vida; mostrándole su renuncia al borreguismo, haciendo gala de una anarquía encomiable, puesto que se pasa el sistema por el forro, incluso permitiéndose el lujo de vivir al margen (“porque soy escritor, sí, eso que no da rédito ninguno pero me exime de vasallajes”). Rabanal nos cuenta todo esto mediante una prosa que en su retórica no se olvida de las cartas y el azar. ¿Qué mejor metáfora?
Trueque a la puerta de casa
 El texto de Inma Luna, en esencia, me recuerda mucho al de David González. Ambos tienen una edad similar y se plantean cosas parecidas, aunque, al mirar hacia atrás, cada uno vea una cosa. La muerte de Saramago, el adiós, el olvido, el legado de sus libros anchos de lomo, le sirven a Inma para hacer desarrollar su preocupación nihilista y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Inma se muestra tan vehemente consigo misma como valiente respecto al mundo. Dice así: “A lo mejor ya pronto puedo sacar los cuernos al sol y colocarme en la casilla de salida”. Eso es: un trueque a la puerta de casa.
Los días normales
 Karmelo C. Iribarren fue una de las últimas incorporaciones. Sobran presentaciones, es uno de los grandes y ambos antólogos queríamos contar con él. Pero en la idea inicial no admitíamos poesía. Finalmente, entraron varios poemas, no sólo el de Karmelo. “Los días normales” es un poema tan breve como contundente. Un estilete afilado que entra y sale del cuerpo a la misma velocidad. Como una herida limpia que no causa destrozos. Pero al bajar el cursor y ver la página en blanco, el veneno hace su efecto y la herida duele como duelen esos días en los que no pasa nada: los días normales.
La fotografía 
De Javi Das había leído uno de sus poemarios. Es un tema monográfico sobre la enfermedad y muerte de su padre. Es un libro durísimo que cuesta leer del tirón porque es difícil sortear los sentimientos sin que nos afecten, aunque no sean nuestros. Empatía, se llama empatía. “La fotografía”, el relato que ha escrito para “Viscerales”, es como uno de esos poemas llevados a la prosa y desarrollados en su parte más descriptiva. Javi nos hace sufrir casi tanto como él sufrió, se desahoga, nos lo cuenta y, lo más importante, nos emociona. Un ejercicio magnífico de sinceridad ante el papel.
Alta tensión (una catarsis)

 Lo que ha hecho Vicente Muñoz Álvarez para esta antología, como el propio título indica, es una catarsis. Vicente no se ha vaciado para criticar, lamentarse o cambiar las cosas, lo ha hecho para limpiarse por dentro, para purificarse. Como dice su amigo y paisano, Alfonso Xen Rabanal, ser escritor, siempre que se esté fuera de la industria, exime de vasallajes. Los que escribimos tenemos la suerte de poder usar esta arma para desahogarnos, para pasar un trauma, incluso para vivir con mayor intensidad sin salir de siquiera de la habitación (este libro está lleno de textos que buscan seguir deliberadamente esta filosofía de la escritura). Y con ese afán, Vicente Muñoz Álvarez nos narra una relación de pareja que se debilitaba y que acabó somatizándose hasta el punto de desembocar en una enfermedad física que se confundía con la psicológica. Este texto es uno de los que más me impactaron. ¡Chapó, Vicente!
MadrilianMarta Fernández La Bohe, no deja indiferente a nadie. Cuando la leímos por primera vez en las insondables páginas de la red de redes, nos cautivó su destreza técnica y su humor ácido y afilado. En “Madrilian”, su relato (o su cuento, porque al final aplica esa compensación divina que podemos resumir en el refrán castellano “arrieros somos y en el camino nos encontraremos”), la junta directiva de unos importantes grandes almacenes decide tratar en una reunión uno de los problemas más acuciantes de la empresa: la presencia de un negro en su puerta. Un negro que pide limosna y “molesta” al personal. Los altos mandos deciden que hay que encargarse de él. Repaso mordaz a la falta de humanidad que existe en las altas esferas empresariales, “Madrilian” es uno de los textos más certeros del libro. ¡Brutal!
Barrizal 
Kutxi Romero me parece un gran escritor. Pero él, deliberadamente, juega a ser un escritor no-erudito, un tío de la calle que, sencillamente, tiene cosas que contar. Y las cuenta. La grandeza de este libro, a mi entender, reside en que en él pueden convivir escritores de todo tipo y todo estilo. Eruditos o no, todos pueden ser viscerales. Porque todos, de una manera u otra, comenzamos a escribir para contar algo que nos desahogara. Luego viene la técnica y el oficio, la pérdida de frescura, lo políticamente correcto y demás circunstancias. Pero la esencia está ahí, y todos la tenemos, y es lo que hemos pretendido recuperar y compilar en esta obra. En “Barrizal”, Kutxi nos cuenta una historia de gitanicos y chabolas, de gente marginada con la que el protagonista se mezcla con la certece de que él no pertenece a ese mundo, aunque conozca bien sus lindes.
Los bastardos, la internet y la puta que los parió a todos 
Montero Glez nos ha cedido un post de su blog. En él reflexiona sobre la revolución de Internet, una de las más importantes de la historia. Como siempre en Montero, el lenguaje es puro y deja una esencia que me atrevería a llamar quejío. En él hay alma, hay sangre, hay duende. Montero da su opinión sin rodeos ni tapujos, no le importan las modas ni le interesan las etiquetas. Se ríe sin pudor de los intelectuales y de los académicos y reivindica una literatura de la gente sencilla, sin iluminados al mando. Sin llegar a estar del todo de acuerdo con él (aunque sí bastante) admiro su valentía y su personalidad. Montero no es un escritor visceral, es una persona visceral. Y tenía que estar en este libro.

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