domingo, 3 de octubre de 2010

Buried (Enterrado)


Nuestra intención era ver Machete, pero los críticos de Días de cine nos hicieron cambiar de opinión. Una propuesta interesante contra un alarde de violencia gratuita. El cine es un arte que ha evolucionado poquísimo en su lenguaje comparado con otras artes. Cualquier novedad se agradece. Así que fuimos a ver Buried, dirigida por Rodrigo Cortés. 

Un transportista americano ha sido secuestrado y enterrado vivo en Irak. Junto a él un teléfono móvil con poca batería, un boli, una navaja, un mechero y una linterna. Los secuestradores piden un rescate al estado americano. Tienen noventa minutos para hacer efectivo el pago. Lo justo antes de que se agote el oxígeno. Al parecer, no es el único en tal situación. La acción no sale al exterior, todo sucede dentro del ataúd. Y ahí está lo interesante y lo arriesgado de este filme. El hecho de no sacar la acción fuera abre una serie de vías:

-Los giros del guión se estructuran en torno a las llamadas de teléfono.
-La escala de planos y los ejes de acción se establecen en torno al rostro y cuerpo del personaje.
-La oscuridad es un elemento que hace sufrir al espectador. De hecho, si uno sale del cine y aún es de día, los ojos tardan diez minutos en acostumbrarse a la luz. Es como salir de la caverna de Platón.
-La oscuridad provoca que el espectador, por momentos, reconstruya (o imagine) lo que sucede gracias al sonido.
-Todo el rodaje es al límite. La luz de un mechero y un móvil es toda la iluminación de que se dispone. No hay efectos y la música entra en ocasiones contadas. 

Se trata de un thriller que provoca emociones fuertes. Es una experiencia distinta a la que producen la mayoría de películas, las películas digamos normales, al uso. La tensión es constante y, sobre todo al principio, la empatía obliga a sufrir y a respirar profundamente. Genera angustia y desazón. Pero hay un factor más que convierte a esta película en recomendable: la crítica a los gobiernos. Éstos no pagan cinco millones de dólares así como así.

Lo que más me ha gustado de la cinta es el final. Un final soberbio que acaba como nadie espera. El problema de esta película es la visualidad. Durante el segundo acto el espectador puede cerrar los ojos y seguir la historia con el oído. Y esto anula los principios del cine: la imagen. Pero, claro, algún problema tenía que tener un experimento tan arriesgado como éste. 

El guión estuvo varios años dando tumbos por Hollywood y nadie se atrevió a dirigirlo. La dirección está incluso por encima de un guión, al que se le podrían quitar diez minutos sin que la trama lo notase. En mi opinión se le podía haber sacado un poco más de partido al contacto con el exterior a través de la cámara del móvil, desahogaría un poco la angustia y ayudaría a componer una estética visual de la que la peli adolece. Pero supongo que la intención era que el espectador también sufriese. Un señor se salió del cine. Creo que han conseguido lo que buscaban.

No hay comentarios: