martes, 28 de septiembre de 2010

De cena con las S.S.

-¿Pero es un facha?
-No, ojalá fuera un facha con bigote y gomina. Si fuera un facha me recordaría a Torrente y hasta le encontraría un punto cómico que me hiciese reír.
-¿Y cómo es?
-No es católico, seguro que conoce la mitología celta…

A veces nos topamos con gente con la que compartimos mesa y mantel, con la que charlamos por razones profesionales e intercambiamos algunas opiniones de esas que aparecen en una comida de negocios. Personas que hablan de fútbol como iniciación a un tema más grave y profundo como la política. Se trata de ese tipo de gente que intenta penetrar en tu mente para ver tus pensamientos como si éstos fueran parte de la telemetría de un coche de carreras. Ese tipo de humanoides que conocen al Gran Hermano y que dominan las técnicas de implantación de ideas.

Pero uno sólo se da cuenta de todo esto después de ver a sus esbirros asentir y darle la razón al consejero delegado (en adelante “jefe”) cuando no la tiene, por el mero hecho de ser su jefe y porque, además de serlo, es un ser totalitario que no admite debate. Los secuaces sólo pretenden conservar su puesto de soldados rasos con oportunidad de convertirse en sargentos. Es fácil manipularlos. Pero el resto, los que no fuimos a la mili, nos damos cuenta del peligro sordo y nos ponemos en posición de defensa cuando en la conversación aparece el pasado como si fuera un destello de luz que ilumina la estancia. El tiempo pretérito ha de servir para construir un mejor presente, no para habitar en él con la nostalgia propia de aquellos que detestan la democracia, por muy endeble que ésta sea. Por eso intento mantenerme al margen de la discusión sobre aquella guerra entre hermanos que marcó la historia de este país. Soy joven y he nacido en democracia. Pero soy el único de la mesa en semejante situación. A mí lado, un hombre mayor con cara de no haber roto un plato le dice al jefe noséqué de los azules. La palabra rojo aparece de repente en la mesa como si el camarero la hubiese servido a modo de postre. Rojos, rojos, rojos. La culpa de es de Zapatero y los rojos, rojos, rojos. El tono de voz se eleva y aparecen los insultos y descalificaciones. Es cuando el jefe se destapa, se quita la máscara y habla de la poca importancia de una vida que no es la suya. Berrea, chilla y grita hasta humillar al hombre con carda de no haber roto un plato. Nace un silencio incómodo sólo roto por el sonido de los cubiertos sobre los platos: todo el mundo deja de comer y aparca sus herramientas. Los esófagos se cierran coreográficamente. Oigo que la democracia no existe. Escucho algo así como que antes se vivía mejor, que el hombre necesita ser sometido por un sistema totalitario, por militares. Se dice que la mujer es un ser inferior y otro tipo de absurdos que me revuelven el estómago y que despiertan mis peores instintos. Agarro el plato como si fuera un disco de atletismo y me dispongo a rompérselo en la cabeza. Quieres violencia, pienso, pues toma tres tazas…. Me pongo en pie, me preparo para golpear y, finalmente, abandono la estancia sin despedirme. Es mi protesta silenciosa, mi desplante.

-Entonces es un nazi.
-Sí, podríamos tildarlo de nazi.
-La violencia no te lleva ninguna parte. Te meterás en problemas.
-Lo sé, pero no podía controlar la presión arterial. Afortunadamente decidí largarme de allí antes de salpicar a todos con una viscosa y contaminante masa azul. Pero ahora me siento mal, impotente, dolido por no haber hecho nada.
-Ha sido lo más inteligente. Acuérdate del pasado, de la lucha contra la cegazón y la ignorancia, contra las malas interpretaciones de “La Voluntad de Poder”.
-¿Y qué puedo hacer?
-En este caso no volver a sentarte en esa mesa. En general: resistir. No te olvides de este verbo: resistir. Sustantívalo, conviértelo en resistencia y llévalo hasta el final.

4 comentarios:

antonio díez dijo...

me encantó

Mario dijo...

Shhh, calla, Antonio, que nos están vigilando.
;)

entrenomadas dijo...

Qué bueno!

Un saludo,
Marta

Mario dijo...

;)