viernes, 13 de agosto de 2010

Ruido de fondo


Caliento un vaso de leche en el microondas y me quedo junto a él, esperando a que acabe el proceso. Pienso en las radiaciones. En las ondas. Es algo que el ojo no ve pero que nuestro cuerpo puede notar. Don DeLillo lo llama “ruido de fondo”. Estamos rodeados de infinidad de partículas que nos rodean. Una vida oculta a nuestra vida. Un universo propio que se esconde en el aire. Nuestro cerebro, un generador de energía, convive con todo este entorno sin que nuestra consciencia se entere de nada. Pero yo, con afán de romper las reglas, reflexiono sobre el tema y concluyo que sería mejor vivir en, tal vez, África, un lugar más puro, natural, con menos radiaciones, un sitio donde no existe el miedo a la muerte, donde se puede acceder a los grandes secretos, a la verdad sin artificios, ésa que se esconde más allá de las colmenas de viviendas que nos asfixian, de este mundo de cartón-piedra en el que, parafraseando a Beigbeder: el hombre es un producto como cualquier otro, con fecha de caducidad. Un producto sin garantía que suele durar más de cuarenta años, pero que, pasado ese tiempo, está altamente expuesto al cáncer y otros agentes destructores. Abro el microondas y saco el vaso. Quema. He pensado demasiado. Vuelvo al sofá. Afuera cuarenta grados. Madrid está casi vacío, pero yo, elemento del sistema de producción, condicionado por el hecho de que mañana tendré que volver a la oficina, he decidido dedicar el día a leer. Me siento el sofá y abro la novela de DeLillo. Después nada. Ruido de fondo.

Fragmento del libro inédito (que seguirá indédito hasta que deje de viajar) "Cuento kilómetros"