viernes, 27 de agosto de 2010

Caché (Escondido), de Michael Haneke

Haneke es un autor en toda regla. Siempre hace la misma película. Esto no tiene porqué ser malo. Ni mucho menos. Pero cuando uno va a ver sus obras ya sabe, más o menos, qué es lo que va a ver: miseria humana, los más bajos sentimientos… El director austriaco es un cirujano de la cinematografía: abre, explora, corta, reconstruye y nunca cierra la herida. Se agradece su visión del cine. Es necesaria. 

Caché (2005), comienza como si fuera el típico drama de familias francés, una de Chabrol, vamos, pero en cuanto avanza el primer acto, el espectador se acuerda de Funny Games. El suspense psicológico entra en escena. En este caso, una familia con una vida idílica es objeto de una pesada broma macabra: alguien le envía cintas de vídeo, en las que, en plano fijo, sale su casa, y unos dibujos de muy mal gusto. Los protagonistas (Daniel Auteuil, que para mí siempre será el actor de Los ladrones, de Techiné, y una, como siempre, estupenda Juliette Binoche) acuden a la policía. No parece haber delito, así que el padre investiga por su cuenta quién puede estar tras el asunto. Y buceando en él, se encuentra con fantasmas del pasado. Con la culpa.

Haneke no resuelve su misterio, deja el final abierto. Y lo hace con una sutileza tal que, desde ese momento, poco importa quién sea el asesino. Viendo esto, eso de cerrar finales se lo podemos dejar a Scooby Doo.
La técnica cinematográfica es tan sobria como de costumbre. Ni un efecto de montaje. Planos secuencias y planos fijos conviven con la inserción de la imagen de un vídeo (no sé si podríamos llamar a esto imagen diegética…) y los planos y contras. Por lo demás, un film psicológico que bucea en las entrañas de los personajes hasta encontrar los verdaderos conflictos y que te deja pegado a la pantalla. A pesar de que su ritmo pueda parecer lento, creo que lleva el tempo adecuado que precisa la narración. Si lo hace un maestro, será por algo.

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