jueves, 15 de julio de 2010

La chica de la Lambada

En el verano de 1989, a finales de agosto, mi padre me llevó al Santiago Bernabeu. El Real Madrid ganó 6-2 al Valencia y yo me enamoré. Pero no de la Quinta del Buitre. En los videomarcadores del estadio estaban poniendo un videoclip, la canción del verano de aquel año, la Lambada. Me enamoré de la protagonista del vídeo, la chica rubia. Yo era un chaval semi-mulato que bebía los vientos por las rubias. En especial por una que se llamaba S y que años más tarde fue mi novia. Ella venía de otra ciudad y se trajo consigo la Lambada a nuestra capital de provincias. Era la única chica capaz de bailar con suficiente desinhibición. La mayoría de las zamoranas de entonces eran bastante estrechas y S nos tenía a todos locos. Cuando vi el vídeo, quizá identificándola a ella con la chica rubia y a mí mismo con el niño mulato, sentí por primera vez esa extraña sensación que llamamos amor. Lo más curioso de todo es que, de alguna manera, el vídeo resultó ser profético. Años después, cuando S y yo ya no éramos novios, en la cena de fin de curso de la E.G.B, su padre, separado de su madre, se la intentó llevar a casa por la fuerza y yo, el chico mulato, intervine haciéndome el héroe aun a riesgo de llevarme un par de hostias. Todo salió bien: no me llevé las hostias y conseguí que S se quedara con nosotros. Días después, su madre me dio las gracias por mi heroicidad. Pero no me sentí orgulloso, sino gilipollas: después de todo, S se marchó sin enseñarme a bailar la Lambada. 

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