domingo, 4 de julio de 2010

De una vez que se reunieron unos escritores que tenían una excusa

Salieron de “tranquis”, según su propia versión. El recital fue la excusa, fue como un mcguffin en una película de Hitchcock, algo que hizo avanzar la trama, su noche. Reunidos en una casa de Lavapiés, quedaron para hablar de un hipotético proyecto, o proyecto potencial, como le gustaba decir a J. El proyecto, a fin de cuentas, también era una excusa, nunca llegó a forjarse. Aquel día jugaba la Selección española. Un amistoso contra Armenia o Argelia o Albania, un rival fácil, en cualquier caso, para esa que llaman la Roja. D y M querían ver el partido. J y V se negaron. La tele no funciona, dijo J mientras le quitaba, disimuladamente, las pilas al mando. Hablaron de literatura, de un hipotético proyecto, o proyecto potencial, de cine, de cotilleos, de ciudades. El vino no era de Toro, pero parecía fuerte, corpulento, ambicioso, con visión de juego y velocidad, con capacidad goleadora y con cualquiera de esos calificativos que se le ponen al vino desde que está de moda. La comida muy fina. Propia de alguien que disfruta cocinando. El vino se servía en cantidades industriales. En barriles. D y M se peleaban por hablar sin articular palabra, debido a la sequedad de boca que provoca la barrica de roble francés. V y J discutían si Thomas Bernhard se quedó calvo a los treinta o a los cuarenta. Fue D el primero en darse cuenta de que estaban muy borrachos, el cuerpo le pedía algo más fuerte, algo que no tuviera que consumir por vía oral. Entonces decidieron salir a la calle y enfrentarse a la noche, un rival al que sabían cómo jugarle. Nada más poner los pies en la calle se toparon con otro escritor de su calaña, AxR. D le contó el motivo de su salida a la calle, le dijo que iban de “tranquis”, que si se unía a ellos tenía que portarse bien. AxR asintió y los cinco, emulando las posiciones del famoso paso de Semana Santa, Camino del Calvario (con cuatro centuriones rodeando a Jesús), pusieron rumbo a las profundidades de Lavapiés. Al no encontrar a nadie que vendiese droga, cambiaron la hoja de ruta y se metieron en un garito donde tenía lugar un recital poético. Bacovicious y Gsús Bonilla recitaban a dúo poemas de su último poemario: “Tenemos más cojones que el caballo de Espartero”, publicado por Anagura y escrito al alimón por ambos autores. Bonilla recitó con soltura, como si llevara haciéndolo toda la vida. Baco, que mantenía una interesante conversación con M sobre la importancia de las habas verdes en la obra de Foster Wallace, delegó su responsabilidad en D, que le sustituyó en el escenario. D, con su voz fuerte y su pasión por el verso libre, acaparó enseguida la atención de toda la audiencia. Sobre todo después de que un enano de cinco años, que estaba allí con su madre (exmujer de un famoso editor, ahora arruinado), gritara: “Eh, es D&G poeta, el auténtico, el de verdad, mirad como brillan sus anillos bajo los focos”. Y entonces una ola de locura colectiva pasó por encima del local como una nube de tormenta que deja caer el granizo y luego se va. 
Continuará (mañana)