jueves, 27 de mayo de 2010

Primero lo clásico

El pasado fin de semana lo dediqué a “cosas de la casa”, esas tareas que van quedando pendientes, la consecuencia de frases míticas como: “hay que cambiar esa bombilla” “hay que arreglar la puerta del armario”, “hay que limpiar los armarios”. Pero también lo dediqué a pasear un rato por el campo, hacer un poco de ejercicio y ver películas. Sobre todo a eso: ver películas. Del mismo modo que uno va dejando tareas pendientes por hacer, va acumulando carencias cinematográficas. En los últimos tiempos suelo ver películas clásicas que no he visto aún. La dama de Shanghái fue la elección del día. Orson Wells me parece un visionario. Un hombre que intentó ir más allá. Como actor no me entusiasma, la verdad, con su mandíbula redonda y una expresión limitada por sus propias facciones, me parece el típico director que quería, como ha hecho mucho tiempo Woody Allen, sacar el córner y rematar el gol, pero como realizador creo que es un genio. La escena final de los espejos, con los protagonistas disparando a los reflejos de unas imágenes falsas, y la metáfora de los tiburones devorándose unos a otros, han quedado para la historia del cine. En general, una gran mayoría de las películas americanas de los cuarenta y principios de los cincuenta, cuando no estaban aún excesivamente encorsetadas por las estrictas reglas del cine clásico, desprenden un aura de perfección, tanto ideológica como técnica, que te lleva a verlas con la misma pasión que un aficionado de los años cincuenta sentado en la dura butaca de una sala de época.