martes, 27 de abril de 2010

Sala de espera

Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad (Paul Auster)

Miraba el horizonte de la fotografía que adornaba su fondo de escritorio mientras pensaba en su nueva vida. Pablo Austero recordaba con nostalgia el día que les comunicó a sus padres que había aprobado la oposición de ayudante de biblioteca. Fue hace más de treinta años. Necesitaba que sus viejos se sintieran orgullosos de él y murieran pensando que, bajo su perspectiva del éxito en la vida, había logrado formar un hombre, un tío. Pablo se había dado cuenta, muchos años después de alcanzar su logro, que la improvisación era algo necesario en la vida de las personas, que en un segundo todo lo que conoces puede girar ciento ochenta grados y dejarte en fuera de juego. La muerte de su hijo de veintitrés años le había llevado a un replanteamiento de su existencia, y ésta la estructuraba en torno a la idea de jubilarse. Contaba los días que le quedaban para dejar de trabajar, los tachaba del calendario y llegaba a la oficina pensando: “un día más, un día menos”, sin saber a ciencia cierta si lo importante era sumar o restar. La improvisación era un recurso de tahúr, una as en la manga que la experiencia vital le había enseñado. Más allá de la idea de retirarse no tenía plan alguno. Entender la vida y afrontar la muerte se le antojaba la ocupación principal en el ocaso de sus días, pero estaba dispuesto a hacerlo sin guión, sin patrón, con la única máxima de dejarse llevar por los acontecimientos.
A las dos de la tarde, la hora en que acababa su jornada laboral, bajó al depósito de libros en busca de una bizarra publicación que, al parecer, no estaba correctamente catalogada. No era amigo de bajar al depósito, como casi todos los de su nivel jerárquico, el segundo más alto, y solía mandar a una de las auxiliares a realizar este tipo de trabajo en el desolado almacén. Pero en este caso prefirió ver la ubicación del libro por sí mismo a fin de encontrar el error de catalogación más rápidamente. Aunque el hecho de trabajar le hastiaba, había momentos, como éste, en los que disfrutaba de su profesión como lo hacía treinta años antes, cuando decidió dar la vida por sus mejores amigos: los libros. El depósito solía estar vacío, como mucho podías encontrar a una o dos personas buscando publicaciones que, por diversas razones, no estaban en la sala de lectura, pero a esas horas de la tarde, una hora antes de la salida, Pablo no esperaba encontrar a nadie. Aun así, mientras se dirigía al pasillo que buscaba, al fondo del corredor principal, oyó pasos. Unos pasos nerviosos cuyo sonido agudo parecía suspenderse en el aire. Recordó Pablo que el taconeo le resultaba familiar. Su memoria auditiva le transportó, en cuestión de segundos, a una época olvidada a propósito por su cerebro, la época en que su hijo, justo después de laurearse en Físicas, se paseaba por la casa con unos botos de cawboy que, tan humildemente como siempre, había pedido como regalo de fin de carrera. Era el mismo sonido, con el mismo tempo, la misma cadencia, que oía tiempo atrás en su casa. Era un déjà-vu de larga duración. La única solución que se le ocurrió fue taparse los oídos y agacharse. Y así procedió. Instantes después, timorato y asustadizo, despegó lentamente las manos de las orejas al tiempo que abría los ojos. Doblado sobre su estómago, la primera imagen que contempló fue la de unos botos de cawboy adornados con arabescos. No se lo podía creer. Pero tampoco se atrevía a incorporarse y ver la imagen que tanto temía recordar. El dueño de los botos le puso la mano en la espalda y se agachó hasta dejar su cabeza a la misma altura que la de él.

-¿Está bien, abuelo? –preguntó con una voz profunda.

No era la voz de su hijo. Ni siquiera parecida. Pero aun así le resultaba familiar, muy familiar, casi tanto como el calzado de vaquero, con aquellos horribles arabescos. Pablo se incorporó despacio mientras se desplazaba un paso hacia atrás, como buscando una distancia de seguridad con el hombre de los botos. Contemplar aquel rostro le impactó. Era Alejandro, el amigo de su hijo, la persona que conducía el coche en el que perdió la vida, una noche de farra, el único descendiente de la familia Austero. Los dos amigos, uña y carne, murieron en el accidente. Al darse cuenta de que estaba contemplando a Alejandro en un extraño estado que mezclaba flashback y sueño, Pablo se sumió en una especie de semiinconsciencia, un duermevela a pesar del cual se mantenía en pie, una puerta hacia otra realidad, otra vida, quizá la de los muertos, con los que, al parecer, ahora tenía contacto directo.

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