domingo, 4 de abril de 2010

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas

La primera vez que tuve el libro en mis manos me fijé en la portada. El hombre con gabardina que corre junto a su sombra llamó poderosamente mi atención. Y quise descubrir su rostro. Tras escrutarlo con detenimiento, no tardé mucho en desenmascarar su identidad. Se trata del actor Ed Harris, me dije, sus facciones son inconfundibles. Posiblemente Ed Harris haya sido contratado por Seix Barral como modelo, pensé para mí llevado por el ansia de entender. La figura en movimiento transmite sensación de velocidad, da la impresión de ser una aparición fugaz que se confunde con la bruma. El personaje representa al escritor genial, al demiurgo, a la voz capaz de narrar desde arriba, sin implicarse, una ficción literaria que pueda explicar el Mundo.


El personaje principal, Samuel Riba, un editor literario arruinado que decide reinventarse tras un colapso físico provocado por el abuso del alcohol, planea, organiza y ejecuta un viaje a Dublín, en compañía de unos amigos, para encontrar en la realidad lo que premonitoriamente ha vivido en un sueño: el sentido de su vida. El día elegido para su viaje es el 16 de junio, día en que se celebra el Bloomsday, un homenaje anual en honor de Leopold Bloom, el personaje principal del Ulises de James Joyce. 


En Dublinesca hay un cambio en las preocupaciones de fondo de Vila-Matas. En Bartleby y compañía y Doctor Pasavento, todo gira en torno a la idea de desaparecer. En Dublinesca, en cambio, el personaje de Riba, ya desaparecido del mundo, al menos tal y como él lo conoció, no puede aspirar a otra cosa que no sea aparecer de nuevo, renacer, aunque sólo sea para volver a morir. Otro tipo de apariciones, como los fantasmas de sus antepasados y una extraña figura con gabardina, remarcan el tema de la materialización de ese “ruido de fondo” (que diría DeLillo) que se hace audible al alcanzar cierto grado de espiritualidad. Un ruido abierto, al igual que Dublinesca, a muchas interpretaciones. En Dublinesca, la idea de morir para volver a nacer es una constante (“Habrá que enterrarlas también. Ir quemando etapas, ir haciendo más funerales. Hasta llegar al día del juicio final. Y entonces celebrar un funeral por este día también”). La novela está concebida desde el centro mismo del miedo, del temor apocalíptico que todos llevamos dentro. Un miedo que se focaliza, en el caso de esta obra, en el pavor que sufre el editor ante la llegada de la edición digital y la desaparición de las editoriales literarias. Pero Vila-Matas trata el tema con cierta ironía, a veces rozando la parodia, a sabiendas de que ese apocalipsis literario, lo que él llama “el fin de la galaxia Gutemberg” no va a llegar así como así.
Por otro lado, en la novela se produce lo que el propio autor llama “el salto inglés”, una metamorfosis en la que se desprende de su arraigada influencia francesa, tan presente en toda su obra, para cambiarla por el aroma de las islas y sus sucedáneos sajones, como los Estados Unidos. Yo, como amante de la sociedad y la democracia británica, he agradecido el cambio. Mi opinión al respecto es muy similar a la de un personaje de la novela, Javier, amigo de Riba (o persona que, al menos, comparte con él "momentos de amistad"): el orgullo de los franceses les ha cegado, históricamente, y no les ha dejado ver lo bien que hacen algunas cosas los británicos. Podría referirme a muchos aspectos sociales, pero creo que el más claro es el de la inmigración: lo que en Londres son barrios, en París son guetos.


Otra cuestión importante del libro, a mi entender, es el uso de la voz narrativa. En este caso se usa al narrador omnisciente. El propio autor hace una reflexión al respecto. Reflexión que relaciona con el yo y con la filosofía budista (esbozada a lo largo del texto a través de sutiles pinceladas). Quizá el hecho de que Riba pretenda desligarse, de alguna manera, de su ego, cierra la puerta a la posibilidad de usar la primera persona del singular. Como el propio Vila-Matas ha reconocido, el libro está concebido como un relato corto y en él nada ocurre por casualidad. A Riba, que como editor ha tenido en sus manos muchas voces, le quedaría perfecta la primera persona del plural, la que usan los pilotos y los ciclistas en las entrevistas, la que usa un ficcionado John Ford en un libro de Peter Handke y que él mismo justifica así (cito de las páginas de Dublinesca): “Para nosotros [se refiere a los americanos] todo lo que hacemos forma parte de una acción pública común (...) no utilizamos el yo con tanta solemnidad como vosotros”. Y, como el autor no da puntadas sin hilo, me gustaría hacer referencia a un detalle que, además de haberme hecho cierta ilusión, está muy bien traído. En un momento de la novela Riba acude al banco y le cuenta al director, sin venir muy a cuento, aparentemente, lo feliz que sería viviendo en Nueva York. Entonces el director de la sucursal le pregunta: “¿y no podría ser feliz viviendo, por ejemplo, en Toro, en la provincia de Zamora?”. Y digo que está muy bien traído porque, como zamorano que soy, sé de sobra que Zamora y su provincia son un sitio ideal para el ocaso. Allí la calidad de vida para alguien que viene de vuelta es inigualable. Las ciudades balneario son la antesala perfecta al adiós.


A pesar de que el libro está minado de referencias a Joyce y su obra, especialmente al Ulises, en mi modesta opinión, en el texto subyace una influencia aún mayor de otro escritor irlandés, Samuel Beckett, a quien también Vila-Matas referencia a lo largo de la novela. En Dublinesca, el ingeniero Vila-Matas construye un puente moderno, de Calatrava, por ejemplo, entre Joyce y Beckett (“su paseo, por ejemplo, a lo largo del puente que enlaza el mundo casi excesivo de Joyce con el más lacónico Beckett”). El tratamiento constante de ciertos temas: el replanteamiento de lo que es realidad y lo que no lo es (sea este estado un sueño, una alucinación o un viaje de la conciencia), las dudas sobre la identidad de uno mismo, las reflexiones sobre el espacio-tiempo, el tratamiento de los “objetos” en relación a la división cartesiana entre cuerpo y alma, la obsesión del personaje principal por estar en el centro cósmico, el centro del Universo (independientemente del espacio sea el de una habitación o el de una ciudad entera), etc, me ha llevado a relacionar esta obra con las obsesiones de Beckett. 


Y siguiendo con las influencias, al leer Dublinesca no he podido evitar acordarme de Albert Camus, de su Extranjero, del vacío existencial. La diferencia es que Camus se rinde, no da lugar a la esperanza, mientras Vila-Matas lucha por encontrar el sentido de la vida: redime a su personaje, le da un objetivo, una motivación, ya que (cito del libro) “se tenga éxito o no, lo importante es el afán”. Y el afán de Riba es saber si existe ese escritor genial que no supo descubrir cuando era editor. Y, la verdad, en mi opinión, ese escritor sí existe: su nombre es Enrique, su apellido Vila-Matas.

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