jueves, 8 de abril de 2010

Casa con desván, de Anton Chéjov


Leyendo Casa con desván, un conocido cuento de Chéjov, y, más exactamente, una de sus reflexiones, me han entrado ganas de escribir un artículo (o una tesis). Pero el artículo es un género que me lleva muchísimo tiempo (suele precisar documentación), y el tiempo es algo que, si pudiera, compraría por kilos. Así que paso a reflexionar aquí, brevemente, sobre el quid de la cuestión: la espiritualidad del hombre. Cito un párrafo del cuento:

El hambre, el frío, el terror animal, el trabajo agobiante, son avalanchas de nieve que les han cerrado todos los caminos que llevan a la actividad espiritual, a lo que cabalmente diferencia al hombre de la bestia, a lo único que hace que la vida valga la pena. Ustedes les socorren con hospitales y escuelas, pero con eso no los liberan de sus cadenas; al contrario, los esclavizan aún más, pues introducen nuevos prejuicios en su vida y de ese modo aumentan sus necesidades (…) Hay que aligerarles el yugo, darles algún respiro para que no pasen toda su vida junto a la estufa, junto a la artesa o en el campo, para que tengan tiempo de pensar también en su alma, en Dios, para que puedan realizar sus posibilidades espirituales.

Hoy en día puede parecer obvio, cuantas más necesidades nos creamos, menos espiritualidad alcanzamos, pero llegar con tanta precisión a tal reflexión en la época zarista, hace de Chéjov un escritor genial, un visionario. 
Tanto entretenimiento, tanta ropita y tanto teléfono móvil, nos alejan del verdadero entendimiento. Los antiguos griegos se pasaban el día pensando, las civilizaciones ancestrales de Oriente también, tres cuartos de lo mismo para el hombre medieval, para el humanista del Renacimiento, para las mentes de la Ilustración... pero llegada la Revolución Industrial y el régimen de la productividad laboral ¿qué? Masas borreguiles, eso es lo que ha conseguido la sociedad contemporánea. Cuando la espiritualidad quede reducida a cero, llegará la Era de la Informática. Entonces ya será tarde para ver, del tirón, las seis temporadas de Perdidos.