martes, 2 de marzo de 2010

Yonqui, de William S. Burroughs


Antes de haber leído la obra completa de Burroughs, me preguntaba cómo era posible que la sociedad americana hubiera tratado a un yonqui con tanta dignidad. Al leer Yonqui, el libro que me faltaba, uno se da cuenta de que la inteligencia del escritor era tan elevada que fue capaz de imponer una capa de frialdad y distanciamiento entre las vivencias que narra y la reflexión que saca de cada una de ellas. 
En Yonqui se estudia, se destripa y se detalla la adicción a los opiáceos, lo que el escritor llama “droga”, diferenciándolo así de las drogas blandas como la marihuana. El libro se esructura en torno a las peripecias y aventuras de un "colgado", Burroughs, en este caso, desde su primer pico hasta su desintoxicación. Una narración dinámica y entretenida en la que se muestra la figura del yonqui con toda la naturalidad posible. Al final, el camino del desenganche llega con el descubrimiento de alucinógenos como el peyote o la ayahuasca, que darán pie a las narraciones posteriores del autor.
Burroughs es uno de los inventores del Cut-up literario, del “muestreo”, del estilo sampleado que tan de moda ha estado en los últimos años. Pero su ensamblaje de fragmentos es en ocasiones más farragoso de lo que pudiera parecer. Muestra de ello es El almuerzo desnudo, narración absolutamente paranoica que queda bien reflejada en la película del mismo título, dirigida por David Croneberg. En El almuerzo desnudo no se trata de entender, sino de absorber. Yonqui, por contra, es una narración lineal, pero apunta los primeros síntomas del Cut-up.
El estilo es original, pero no muy distinto, en el fondo, a los impulsos del be-bop seguidos por Kerouac en Los subterráneos. Se trata de dejarse llevar por la pluma, es un automatismo (controlado, creo yo) que no difiere excesivamente de los planteamientos surrealistas de Bretón. Aunque, a diferencia de éstos, viene canalizado por unos temas recurrentes sobre los que se pretende hablar. De este modo, con fina ironía, se puede poner en tela de juicio el patrón social estipulado como correcto, la hipocresía de las clases dirigentes, el control social basado en la castración del impulso animal del hombre, el único que no se somete, el que, cuando aflora, siempre se rebela. 

Para el yonqui el tiempo está regulado por la droga. Cuando se corta el suministro el reloj se retrasa y se para. Lo único que puede hacer es aguantarse y esperar que comienze el tiempo sin droga. Un yonqui con el síndrome de abstinencia no tiene posibilidad de escapar del tiempo exterior, no tiene adónde ir. Sólo puede esperar.

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