lunes, 22 de marzo de 2010

Sofía Castañón y la casualidad

En la estación de Méndez Álvaro, en Madrid, justo antes de subir al autobús que ha de llevarme a Zamora, veo un rostro que me resulta, hasta cierto punto, familiar. Me recuerda a una chica a la que no conozco más que por fotos, una polifacética artista asturiana que he seguido por Internet a través de amigos comunes. Vuelvo a mirarla y descarto la posibilidad de que sea ella; además, me digo, ¿a cuento de qué va ir ella a Zamora? Una vez en el bus, ya con el trayecto medio avanzado, la chica, que está sentada en el asiento contiguo al mío, mantiene una conversación telefónica. Debido a que la charla versa sobre la realización de un videoclip, no puedo evitar aguzar el oído. Le dice a su interlocutor que acude a Zamora para presentar un monólogo teatral y que luego vuelve a Asturias. Tanta coincidencia comienza a excitarme. Relaciono tres elementos base: la productora audiovisual, su condición de asturiana y su rostro, que me suena de las fotos. Giro la cabeza e intento escrutarla bien, pero recuerdo su imagen con una cabellera mucho más voluminosa de la que luce hoy. La veo a través del reflejo del monitor y, finalmente, me convenzo de que puede ser ella. Busco una fórmula para “entrarle” y, timorato y prudente, me dirijo a ella con el más dulce de los tonos:
-Perdona la indiscreción, es que… eh... verás, no he podido evitar escuchar tu conversación y… ¿tú tienes una productora audiovisual?
-Sí- contesta temerosa y sorprendida.
-¿Y eres asturiana?
-Sí- responde alucinada.
-¿Te llamas Sofía?
-Sí- afirma con las pupilas dilatadas.
-Soy Mario Crespo- le digo para aliviarla-, creo que tenemos amigos comunes.
-Ah, Mario, tengo referencias tuyas… hiciste un corto con Déborah Vukusic, Sin título.
-Efectivamente.
-¡Qué casualidad! –dice alucinada-, ¡qué casualidad! -repite.
-Bueno -le digo-, el corto, Sin título, versa, precisamente, sobre la existencia de la casualidad. Yo no creo en las casualidades. El autobús tiene 55 asientos, las probabilidades de sentarnos juntos eran bastantes reducidas. Además, yo había comprado el billete para el trayecto de las 4 de la tarde. Lo he cambiado a última hora porque, lamentablemente, he de acudir a un entierro. Por otro lado, resulta curioso que en la misma frase, la primera que has articulado después de los monosílabos, hayas pronunciado las palabras: casualidad, Déborah y Sin Título, puesto que el cortometraje plantea, precisamente, la existencia de la casualidad. Para más INRI, hace justo un año, realicé, junto a Déborah, este mismo trayecto, a esta misma hora, para rodar Sin título. No tengo la menor idea de a qué parámetro filosófico obedecen estás circunstancias, pero creo que trascienden el azar… me parecen demasiadas coincidencias.
Y una vez resuelto el asunto filosófico, comenzamos a charlar. Hablamos y hablamos. Bebemos agua constantemente. Hablamos de Chirbes, de David González, de Asturias, de audiovisuales, de cámaras digitales y, finalmente, llegando ya a Zamora, de política y sociedad. Una vez apeados del bus, nos despedimos con dos besos.
-Un placer, Sofía. Encantado de haber vivido esta casualidad.

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