lunes, 29 de marzo de 2010

Orobroy

Recupero este relato, escrito hace bastante tiempo, porque, últimamente, por circunstancias de la vida, me encuentro un poco más "down" que de costumbre. Aunque  a día de hoy lo hubiera narrado de otra forma, he decidido dejarlo tal y como lo escribí entonces:

Conocí a Mateo en uno de mis anteriores trabajos. Tenía unos cincuenta años. Era ordenanza y repartía el correo por todas las plantas. Solía pedirle tabaco a todo el mundo. A todos los fumadores.

Un día me contaron su historia. Una tragedia griega. Cayó en una depresión por un desamor. Un rechazo y una humillación. Se dio a la bebida y al juego. Nunca tenía dinero, ni siquiera para comprar tabaco. Una vez lo vi cogiendo unas colillas del suelo. Claro, le di un cigarro. Se había casado y tenía un hijo. Pero decían que seguía amando a Judit. Su hijo falleció en un tren de cercanías, en uno del los atentados, en la misma línea que él cogía cada día para ir a trabajar. Me dijeron también que tenía cáncer. Y metástasis. Siempre hablábamos de música. Al tío le encantaba la música. Era una enciclopedia musical andante.

-¿Cuál es tu canción favorita?-, le pregunté una vez.

-No sé, podría decirte muchas. Miles. Lo que sí sé es cuál es la que más significa para mí.

-¿Y cuál es?

-Orobroy, una composición flamenca.

-¿Y por qué motivo?

-El día que me diagnosticaron la enfermedad volví a casa en el Cercanías. Me puse los cascos y le di al play. Sonaba Orobroy. Le di volumen y más volumen. El piano me tocó la fibra sensible. Me estremeció. Los ojos se me llenaron de lágrimas y la niña que estaba sentada frente a mí se me quedó mirando fijamente. Nunca había sentido tanta ternura. El piano desgarraba mi sensibilidad. Notaba como cada tecla me arrancaba un jirón con su cuerda. Y por un instante olvidé todos mis problemas y, sobre todo, olvidé el problema que me marcó la vida, pero que no marcaría ya mi muerte. Porque en aquella mirada de la niña mulata con trenzas, en aquellos ojos negros abiertos como platos, encontré la bondad, la inocencia y la ternura y, ¿por qué no? otra forma de amor. Fue algo maravilloso, pero en aquel momento no fui capaz de soportar un escozor tan agudo. Me puse en pie y me dispuse a apearme en la siguiente parada, aunque no era la mía. Justo antes de que se abrieran las puertas no pude evitar mirarla de nuevo. Seguía sin pestañear. Repartiendo compasión y ternura, clavando su vitalidad en mi triste espíritu. Entonces, dos lágrimas cayeron por mis mejillas. Baje del tren, se acabó la canción y paré el Mp3.

El día que a Mateo le llegó la prejubilación hicimos una fiesta de despedida. Le regalé un paquete de tabaco y el disco original de David Peña Dorantes. De esto hace ya más de dos años. Hace poco pregunté por él. Sigue vivo. Cuando me lo dijeron lo dibujé en mi mente, con su Mp3, Orobroy a todo volumen y sus lágrimas. Más vivo que nunca.

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