viernes, 5 de marzo de 2010

Novecento, de Alessandro Baricco


Monólogo teatral que trasciende lo dramático para convertirse en pura literatura. Un joyita de menos de ochenta páginas que se puede leer en un viaje de Metro y que consigue dejar en el lector un poso de satisfacción, un regusto, una sonrisa.

Baricco es un cirujano de la literatura. Un esteta, un plástico. Me he tomado la molestia de leerme las primeras páginas del libro en versión original, en italiano, para ver si el truco residía en la traducción. Pero no. Ambas versiones se parecen mucho. El lenguaje, como es habitual en Baricco, es directo y claro, a veces tan contundente que parece hasta vulgar. El quid de la cuestión reside en la forma de ensamblar las oraciones. Me pregunto si Baricco empela más tiempo en escribir o en corregir. Si tuviera que apostar, apostaría por la segunda opción. Todo está medido, estudiado, controlado para que el lector no pare de leer desde la primera hasta la última página.

¿Que de qué va el libro? Pues es la historia de un pianista que nació en un transatlántico y nunca se ha bajado de él. Allí aprende a tocar el instrumento de manera autodidacta y llega a convertirse en una leyenda. Incluso el inventor del jazz, Jelly Roll Morton, le desafía en un duelo pianístico que tiene lugar, por supuesto, en el barco, y termina perdiendo, humillado. Novecento es el nombre del protagonista. Un músico con una técnica perfecta. Capaz de sacar letras mágicas. Novecento es un Baricco alegórico...

Novecento es un relato largo que está directamente enlazado con otra obra del italiano: Océano Mar. Novecento es una especie de apéndice, un complemento, una pequeña obra de arte. Novecento es como tomarse una Coca-Cola fría cuando uno está sediento.Novecento es como un orgasmo literario. ¡Léanlo!

No estoy loco, hermano. No estamos locos cuando hemos encontrado el sistema para salvarnos. Somos astutos como animales hambrientos. La locura no tiene nada que ver. Eso es el genio. Es la geometría. Perfección. Los deseos estaban destrozándome el alma. Podía vivirlos. Pero no lo conseguí.

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