miércoles, 24 de marzo de 2010

La buena letra, de Rafael Chirbes

Si alguien me pidiese describir esta obra en una palabra, tendría que decir, entre exclamaciones: ¡impresionante! 

La buena letra es voz. Voz narrativa. Y la voz es la vida. La vida de una madre, una superviviente de la postguerra, una estrella a punto de apagarse que agota sus últimos días anclada en el pasado, en unos recuerdos que escuecen como una herida que el tiempo ha horadado. Se trata de la percepción del mundo desde el punto de vista de una señora de pueblo que desea liberarse de los secretos que la atan a una época remota, transmitiéndole a su hijo la historia (triste historia) de su familia. Y, ojo, no nos engañemos, este tipo de historias no son patrimonio de aquellos que vivieron la postguerra, no; porque como le dice Michelle Corleone a su hijo Anthony en El padrino III: todas las familias tienen malos recuerdos.

La buena letra es un ejercicio de voz narrativa. Y precisamente por eso, el comienzo del relato es confuso, ya que el lector no sabe quién habla. Conforme la narración avanza, la voz pasa a un segundo plano y es la historia, un ente con vida propia, la que sumerge al lector, no sólo en la lectura, sino también en los sentimientos de la narradora. 

Chirbes consigue ensamblar las oraciones con una precisión excepcional. Los capítulos son un compendio de recuerdos, la historia de la familia. Gracias a esto el autor apenas necesita usar frases introductorias, ni oraciones adversativas. Se trata, simplemente, de un limpio ensamblaje de oraciones que, por momentos, alcanza una pulcritud casi poética.

La obra se puede leer en poco más de una hora, y se la recomiendo a cualquiera que le guste la lectura. Ahora bien, si el lector está pasando por una fase depresiva le sugiero que posponga el abordaje de La buena letra para una época en la que vea las cosas de manera más positiva. Es una de las historias más tristes que he leído jamás. Menos mal que son pocas páginas…

Llorábamos con lo que les pasaba a los artistas del cine, y así ya no teníamos que llorar en casa.