domingo, 14 de marzo de 2010

Higuaín, Pasavento y Vila-Matas en una película de Tarkovski


El pasado miércoles, me dirigía mi puesto de trabajo en el tren de cercanías y, como de costumbre, empelaba los treinta minutos que me lleva el desplazamiento en leer una novela. Doctor Pasavento, en este caso, una excelente obra de Vila-Matas. El libro es todo un ejercicio de experimentación literaria donde narración y reflexión se funden como en uno de los procesos químicos en los que se basa el arte de cocinar. Versa, entre otras muchas cosas, sobre la tentativa del protagonista, el Doctor Pasavento, de desaparecer del, digamos, mundo físico, lo que conocemos como realidad. Trata, en resumen, sobre la soledad, la lucha del hombre contra sí mismo, contra su voluntad, contra el difícil camino hacia el interior, hacia las partes desconocidas del intelecto. 
Ese mismo día, el Real Madrid jugaba el decisivo, y finalmente trágico, partido contra el Olimpique de Lyon (sí, desde que mi padre me llevó, en la temporada 89/90, al estadio Santiago Bernabeu para ver a la Quinta del Buitre golear 6-2 al Valencia, me declaro abiertamente seguidor del Real Madrid; aunque no acepto que me llamen madridista, puesto que dicho término conlleva otra connotación). Me levanté con unas décimas de fiebre que arrastraba desde el fin de semana y pasé una mañana difícil. Por la tarde, el Madrid empató a uno y tiró por la borda sus aspiraciones europeas, los sueños de mucha gente. Hechos como el resultado de la eliminatoria, la actitud de algunos jugadores, la incapacidad del entrenador y las palabras de Valdano tras el partido, me indignaron de tal manera que me fui a la cama con cierto desasosiego. El jueves por la mañana, a eso de las seis, casi una hora antes de que sonara la alarma, me desperté asustado y sudoroso. Había tenido una horrible pesadilla que aún recuerdo con total nitidez y que paso a relatar:
 

Sin saber muy bien cómo, me encontraba en uno de los pasillos del estadio Santiago Bernabeu. El partido con el Lyon acababa de finalizar y la gente salía enfadada, caliente. En una de las puertas se estaban produciendo incidentes, así que decidí rodear el problema y desaparecer de la escena cuanto antes, pero mi precipitación provocó que alguien me empujase violentamente, como si yo tuviera alguna implicación en la refriega. Impulsivamente, solté uno de mis puños sobre la mandíbula de uno de esos ultras que infestan los estadios y, acto seguido, un policía intentó detenerme, pero conseguí huir y alcanzar la boca de metro. El tren llegó enseguida y monté en uno de los vagones de la línea 10, la que me lleva directo a casa. Una parada más allá, al ver que el nombre de la estación no me resultaba familiar, pregunté a uno de los pasajeros si el tren se dirigía a Alcorcón. Me dijo que no, que iba a Fuenlabrada. Me extrañó mucho, demasiado, así que decidí apearme en la siguiente parada,  cuyo nombre tampoco había oído en mi vida. Salí a la calle en busca de un autobús y monté en el primero que pasaba. Cuando me quise dar cuenta, nos encontrábamos en un lugar extraño, un paisaje que evocaba una de las localizaciones de Tarkovski, una de Stalker, un sitio que yo ubiqué en las profundidades de Rusia. Todo era gris, oscuro, todo estaba vacío. Sentí miedo, verdadera angustia, y acudí raudo a pedirle explicaciones al conductor, que resultó ser una chica muy fea, que, además, hacía gala de unas rudas maneras masculinas. La conductora me dijo que estábamos muy lejos de Madrid y que, en cinco minutos, haríamos una parada de media hora en una cafetería de carretera, para continuar después el largo camino hasta Siberia. Me acojoné vivo. No entendía nada, absolutamente nada. Una vez en la cafetería me dirigí de nuevo a la conductora, en busca de una respuesta. Me dijo que debía esperar hasta el amanecer para coger el autobús de vuelta a Madrid. Me invitó a un café y un cigarro y, supongo que como contrapartida, comenzó a tirarme los tejos; todo el tejado, más bien. Me vi obligado a huir. Solo, abatido y cabizbajo me puse a caminar sin rumbo en dirección a ninguna parte. Me acordé de mi familia, de mis amigos, de mi chica y, en definitiva, de todo a lo que me siento apegado. Recordé el libro de Vila-Matas, la desaparición de su protagonista, el enfrentamiento con la voluntad, con lo más profundo de mí mismo, con los miedos que creo que no tengo. De repente, alguien me asió por el brazo. Cuando me giré para ver quién era, aunque poco me importaba ya todo, me encontré con el horrible rostro de la conductora. Tenía el pelo aún más sucio que antes y vestía unas horribles botas de montaña modelo bakaladero. Me dijo que si no tenía adonde ir podía quedarme en su casa y hacerle el amor. Y entonces desperté. 


Eran las seis de la mañana. Fui al baño y me acordé de Higuaín, de aquel balón que tiró al palo con toda la portería vacía, de su egoísmo, de sus muertos… Afortunadamente, me di cuenta enseguida que no merecía la pena preocuparme por un entretenimiento tan primitivo y rudo como el fútbol, y volví a la cama; pero no pude conciliar el sueño, así que decidí retornar al punto donde había comenzado todo: la novela de Vila-Matas. Y una vez dentro de ella le pregunté al Doctor, a Pasavento, qué coño era lo que me estaba pasando. "Cuando acabes el libro lo sabrás", me dijo por medio de una suerte de lenguaje telepático. 
Aquel jueves, durante la media hora de "recreo", acudí a una librería cercana a mi puesto de trabajo y adquirí, en edición de bolsillo, otros dos libros de Enrique Vila-Matas. Dos respuestas. Una para el sueño y otra para la realidad.
N de A: Lo siento, Enrique, supongo que no te hará mucha gracia ver tu foto junto a la camiseta del Madrid. Ya sabes, exigencias de guión.