miércoles, 17 de marzo de 2010

EN EL MESETARIO BAR "LA BODEGA" VIMOS A CLAUDIO RODRÍGUEZ, by David Refoyo

Nota: 
Tenía pensando escribir un artículo sobre el evento del otro día, la presentación de Rumoroso cauce: nuevas lecturas sobre Claudio Rodríguez (edición de Philip W. Silver en Páginas de espuma); es más, lo haré en unos días. De momento, mi brother David Refoyo ha escrito en su blog un texto excelente que he creído conveniente colgar aquí: 

Para que un círculo sea eso, un círculo, debe estar cerrado. De lo contrario, digamos, es una forma abierta, indefinida. Y no nos gustan las indefiniciones. Mario y yo íbamos a la presentación de "Rumoroso Cauce". Un estudio sobre la poesía de Claudio. Llegamos a la librería y había mucha gente. Nos meábamos. Yo acababa de venir de Porto y traje Superbock, claro, y bebimos Superbock y nos sentimos en Portugal, de repente, desde el corazón mismo de Madrid. Al llegar al bar, pedimos vino y nos pareció ver a Claudio salir del baño. Le seguimos. Tanto Mario como yo, en nuestra condición de zamoranos, conocimos a Claudio y queríamos saludarle. Entró en la librería y entramos detrás. Lo perdimos entre el tumulto. Los presentadores contaban anécdotas de Claudio y nos habría gustado ver su cara, pero había tanta gente que no lo logramos. Vimos las nuestras. Mario tenía el candor de un niño ante un reencuentro. Yo llevaba unos meses dándole vueltas a la idea de conocer a la mujer de Claudio: Clara. Y al acabar la presentación, la conocí. Hablamos. Resulta que por primera vez en mi vida, el hecho diferencial de ser zamorano, nos otorgó una condición protagonista. Charlamos con todo el mundo. Queríamos haber hablado con Claudio, pero ya no estaba. La editorial Páginas de Espuma convidó a los presentes a un magnífico vino. Un vino tinto, de cualquier parte, que disfrutamos hablando de la contrainformación, la revolución y la guerra del Vietnam. Un viejo hispanista hablaba de Ginsberg y de la generación beat. Hablaba con pasión. Confrontábamos opiniones sobre las ediciones y modas de EEUU y España. El hispanista nos contaba su visión de la época, su amor incondicional hacia Claudio Rodríguez. Nosotros, zamoranos, apuntábamos las sugerencias. La extraña fuerza de la palabra calmada, llena de significado. Clara vino de nuevo. Nos explicó algunas cosas. Recordó a su marido. Clara es una mujer fuerte, plena de salud. Quería otro vino y marcharse a cenar con los amigos de su marido, que ya no estaba. Mario y yo nos sentimos dentro de una vida que no nos tocó vivir, que nos quedaba lejos. Y disfrutamos mucho escuchando. Tal vez, como dijo Kerouac, no puedes enseñar al viejo profesor una nueva canción. Eso es todo. Tal vez, reitero, por eso escuchábamos. Con las manos abiertas para tocarlo todo, para aprenderlo todo. Alguien nos llamó escritores, una palabra que allí, sin duda, nos quedaba demasiado grande. Escritores eran otros. Escritores como Claudio ya no quedan. Por eso volvimos al bar, para verlo de nuevo. Con su vino, con su don de la ebriedad. Y no hubo suerte. Por eso acabamos hablando de fútbol, de Higuaín, de Pellegrini, de la precisión de los extremos en el fútbol de hoy. La precisión que Claudio, zamorano como nosotros, manejaba con una elegancia asombrosa. Por eso supimos que nuestro sitio está en el aprendizaje. Si viviéramos en un país comunista, nos echarían por falta de productividad. Claudio es nuestro amigo. Y algún día tomaremos café para desayunar, desde el balcón azulejado de una casa que recordará a Superbock y al eterno retorno del Duero: Soria-Porto, Nacional 122. Tal vez un libro.

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