sábado, 6 de febrero de 2010

Plaza del Coliseo. Roma (Italia)

Cámaras de fotos de usar y tirar. Chancletas de saldo que hacen rozaduras con la goma. Quinceañeras andaluzas en viaje de fin de curso. Murcianos con marcas de sudor bajo las axilas. Francesas adolescentes que experimentan con el sexo. Miembros de una asociación catalana sin ánimo de lucro que pretenden llevárselas al hotel. Pelos teñidos de rubio, rubio sesentón, rubio de bote. Y el pavés de los aledaños del Colisero romano aguantando las pisadas de todos, más los gritos de los ibéricos. Españolitos nuevos ricos que hace dos días cagaban en un corral y que ahora viajan, impunementen, por la Europa de todos, pagando con euros la inflación, gastando los beneficios del ladrillo, dejando las llantas de aluminio para el año que viene, para lucirlas en Torrevieja, Villajoyosa o Marbella. Y desde arriba, en plano cenital, Claudio Rivera, sentado en el mirador, fuma un cigarro y bebe una cerveza italiana, marca Peroni, mientras observa, atónito, la falsedad de un turismo de cartón piedra que no lleva drenaje, que no absorve el pus de la infección, de la hemorragia educativa que aún arrastra. Un país al que le salieron las tetas antes que los dientes, una nación con demasiado miedo para tener identidad pero con suficiente valor como para pasearse por el mundo sin preocuparse de casi nada, sin pensar que en Roma, a pesar de las piedras, también hay vida.

Nota: Esto es un fragmento del libro inédito de relatos Cuento Kilómetros. Un par de escritores que han leído el manuscrito han tenido a bien subir este mismo fragmento a sus blogs. Desde aquí mi agradecimiento. Ilustro el texto con una foto mía (cosa que no suelo hacer) por dos razones: La primera es que el libro es, entre otras cosas, una reflexión sobre el acto de viajar, y esta foto está hecha en el Puente de las Cadenas, sobre el Danubio. Y la segunda es que algunos de los retratos míos que aparecen en Google imágenes han salido de la prensa y son, a nivel fotográfico, malísimos.

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