domingo, 7 de febrero de 2010

La cinta blanca


A las puertas del cine V.O hay cola. Todos son cinéfilos. Casi todos van a ver La cinta blanca. Una sala pequeña, una pantalla no muy grande y un silencio sepulcral desde que se apagan las luces, conceden a estos cines Golem la categoría de templo cinéfilo, de club de culto, de cineclub. La cultura cinematográfica que se respira en la sala se puede coger con las manos. Hay muchas parejas. Hay mujeres maduras que acuden solas. No hay niños. Ni niñatos. El público chista si alguien abre una lata o una bolsa de palomitas traída de la calle (puesto que en estos cines no se venden palomitas). En resumen: un sitio ideal para ver este tipo de filme.
Con las películas de Haneke podríamos hacer una especie de experimento científico. Consistiría en someter a un espectador a cierta presión durante la exhibición de una peli. Si a dicho sujeto le molestáramos de alguna manera: dándole un golpecito o pellizcándole la mano, por ejemplo, es posible que sobrereaccionara… es posible que nos soltase una hostia. Haneke consigue lo que pretende. A veces te saca de quicio...
El austríaco es un director introspectivo, busca en lo más profundo del ser humano. Nos habla de los malos sentimientos, de la violencia del hombre. Cuenta historias violentas y tensas, pero evita mostrarlas explícitamente, consiguiendo así un efecto de tensión aún mayor. Un ejemplo: los niños van a ser castigados. El padre los llama y se dirigen al salón. Vemos a los niños andar cabizbajos por el pasillo y entrar en la sala. Cierran la puerta. No vemos lo que pasa dentro. Pero vemos la puerta cerrada y oímos los chillidos desde fuera. No podemos hacer nada al respecto. Sólo aguantar la imagen fija. Ese es el “fuera de campo” de Haneke. Ese es, a la postre, el sufrimiento del espectador.
Un maestro de escuela destinado en un pueblo de la Alemania más campesina, justo antes de la Primera Guerra Mundial, se inmiscuye en las vidas de algunas familias tradicionales para intentar desenmascarar los extraños sucesos que allí acontecen. Su personaje hace las funciones de narrador en off y permite avanzar la trama. La cinta habla sobre la violencia. El régimen estricto de obediencia y disciplina que se les aplica a los niños de la época termina por volverse contra los adultos.
Haneke usa el blanco y negro para contarnos la historia desde un punto de vista neutro, documental. Todas las imágenes que el imaginario colectivo conserva de esa época son en blanco y negro. Realizar esta película en color habría supuesto un involucramiento del espectador que Haneke pretende siempre evitar (hay que recordar como los personajes de Funny Games miran a la cámara y se dirigen al público). La voz en off del narrador ayuda también al distanciamiento de los hechos. La película parece rodada en los años 20. La fotografía es excepcional, potenciando el recorte del negro sobre un blanco luminoso muy expuesto que se refleja en el suelo, en la nieve y hasta en los pálidos rostros alemanes, y que, además, se usa hasta para iluminar naturalmente algunos interiores. La realización es muy clásica, casi de cine mudo, con planos generales o medios abiertos, sin grandes movimientos de cámara, sin efectos ni trucos, sin banda sonora (toda la música es diegética). Como han dicho varios críticos, la película recuerda formalmente al Ordet, de C.T. Dreyer, y conceptualmente a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla. Pero a mí, la angustia que provoca un pueblo lleno de personajes con tanta maldad en su interior, me ha evocado directamente a Giro al infierno, de Oliver Stone. La diferencia es que en La cinta blanca el personaje principal no se deja corromper.
Como le comentaba a mi colega Barrueco, con quien mantengo interesantes debates sobre cine, La cinta blanca es una película para cinéfilos. Y lo es, sobre todo, porque el tercer acto del guión, la solución, aunque se expone, no termina de cerrarse. Haneke deja el final abierto. Totalmente abierto si tenemos en cuenta la cantidad de historias paralelas que abre en el primer acto. Por otro lado, la historia avanza por medio de elipsis constantes. Esto provoca que muchas secuencias del segundo acto queden sueltas, como fragmentos no lineales que el espectador tiene que recomponer. De hecho, salvo en el plano secuencia final, no se usan casi los fundidos, y las transiciones siempre se hacen al corte, evitando así la continuidad.
En definitiva, una película que es Palma de oro en Cannes, podrá gustar más o menos, pero, a nivel cinematográfico, siempre es impecable. Como lo es ésta. Un peliculón.