martes, 23 de febrero de 2010

De silbidos y vísceras

Poca importancia se le ha dado a la pitada general que recibieron el domingo pasado los Reyes y el Himno en la final de la Copa del Rey de baloncesto; celebrada, tras muchos años de ausencia, en territorio vasco.

Y, en efecto, un hecho como éste (que además ya contaba con el precedente de la final de Copa de fútbol entre Barça y Athletic de Bilbao) no ha de trascender lo anecdótico. El público paga su entrada y es soberano en sus decisiones, sea ésta silbar a las autoridades o aplaudir a Fofó y sus payasos No debería ser nada importante si la cosa quedase en eso, en una protesta, en una silabada, en una muestra de disconformidad y, ¿por qué no?, de mala educación; porque lo que no se puede obviar es la falta de educación española. Sí, española; y aquí incluyo a catalanes y vascos, mal que les pese. Y me explico: durante un partido de la Eurocopa de Portugal, en 2004, tuve que presenciar como mis paisanos españoles silababan, sin razón alguna, el himno de Grecia, que era el rival de turno. Me sentí abochornado. Se silbó el himno de Grecia porque era el rival del día, por nada más. Algo tan sencillo, básico y rudimentario como eso: era nuestro rival; un rival al que, a diferencia de lo que hicieron las aficiones del resto de países, no supimos recibir con el debido respeto: un simple silencio. Pero en el caso de las aficiones catalanas y vascas, aunque la rivalidad deportiva no sea la razón última de la pitada, obtenemos un resultado similar: se ve al español (sea de Madrid, de Cuenca o de Alicante) como un enemigo, y, por tanto, como un rival no sólo deportivo, sino también político; un rival eterno.

Pero el problema de base no es la pitada a los símbolos que, como todo el mundo puede suponer, tampoco son santos de mi devoción. El problema real es el odio que se ha inculcado en algunas zonas periféricas de este país hacia todo lo que huele a español. Pero no a españolismo rancio y Nacional, sino a todo lo español (y aquí me veo yo, sin comerlo ni beberlo, como enemigo de dos pueblos a los que siempre he admirado y defendido: resulta que nací en Zamora y vivo en Madrid. Lo siento, no me silbéis por eso, yo no lo elegí). Y digo esto porque a veces los silbidos se terminan convirtiendo en agresiones: es el paso siguiente. Y aquí me gustaría recordar el caso de Figo en el Camp Nou, que me recordó a los “dos minutos del odio” de los que habla Orwell en su celebérrima obra 1984. ¿Cómo es posible que un club como el Real Madrid, que hace años que no gana nada relevante, despierte un odio tan visceral, con Franco muerto? ¿Es que no hemos crecido aún? ¿Es que no hemos asumido la Democracia? Por la misma regla de tres, por esa estúpida máxima, propia de mentes obtusas, que relaciona a cualquier aficionado del Madrid con la derecha, podría yo argüir que todos los aficionados del Athletic de Bilbao son terroristas ¿o no es el mismo estúpido razonamiento?

Si estamos contra el nacionalismo español deberíamos medir con el mismo rasero los nacionalismos periféricos. Porque esta tendencia política es igual de obtusa lleve el color que lleve. Y resulta curioso que, en un mundo globalizado como el de hoy día, prolifere el catetismo apolillado que cuatro capullos con intereses partidistas han inculcado a algunos pueblos.

Esos mismos dirigentes que encienden las llamas del rencor deberían, de vez en cuando, izar la bandera del respeto. Nos iría mejor a todos...