martes, 17 de noviembre de 2009

Relato de no-ficción

Dedicado a David González

El portal donde vive mi colega Dom es una de esas viejas casas de Antón Martín, de las que tienen las escaleras de madera y la madera llena de termitas. Al llegar al último escalón meto el pie en una tabla suelta e inmediatamente me doy cuenta de que me he hecho un esguince. Me duele horrores. Dudo si parar y pedir ayuda o hacer de tripas corazón y continuar caminando hasta Atocha, donde he de coger el tren para regresar a casa. Elijo la segunda opción. El instinto de supervivencia nunca se equivoca. Llego a Atocha y pierdo el tren. Camino por el andén para mantener el pie caliente mientras espero al siguiente.

Cuando por fin llego a la localidad de destino, unos veinte minutos después, mi chica me espera para ayudarme a llegar a casa. El pie se ha enfriado y no puedo andar.
Hasta aquí todo bien. Me tumbo en el sofá y veo la tele un rato. Pienso en que al día siguiente tendré que ir a uno de los lugares que más detesto del mundo: Urgencias. Es tarde y ella se ha quedado dormida. Decido no molestarla y acudo al baño por mi propio pie. Y nunca mejor dicho, porque me tengo que desplazar a saltitos sobre la pierna derecha. Me dispongo a orinar como buenamente puedo. Instantes después me doy cuenta de que me voy a desmayar, de que la tensión me está bajando a toda velocidad y de que tal vez sólo tenga un par de segundos para agarrarme a algún lado y evitar un golpe peligroso. Logro salir del baño, pronuncio su nombre: M, y me desplomo. Del resto no me acuerdo. Sé que despierto minutos más tarde y que M y mis vecinos de al lado están incluso más pálidos que yo. No puedo respirar bien y me asusto. Me muevo entre lo consciente y lo inconsciente, pero consigo tranquilizar al personal y darles indicaciones sobre cómo tratarme. Les insto a que me abaniquen y me levanten las piernas. Pido un caramelo. Parece que no tengo pulso. Mientras estaba ausente he tenido unos sueños horribles. Soñaba como que me moría o algo así. Y no sentí miedo, creo recordar.

Noto las piernas débiles, el esguince no me permite ponerme en pie y continúo tumbado en el suelo hasta que veinticinco minutos después llega el Samur. Me llenan de cables y me controlan. Parece que me he estabilizado. Me dicen que ha sido un síncope. Pero M no se lo cree: dice que se acordó de los futbolistas que caían sobre el césped, que salivaba más que el perro de Paulov, que tenía los ojos en blanco. Dice que pasó mucho miedo en esos cinco minutos de incertidumbre. Y no hace falta que lo diga porque la médico del Samur, al llegar, dudó a quién atender primero. Le he dado un susto de muerte, pienso. Habrá que mostrar aplomo.

Tumbado en el sofá, una hora después, las sensaciones son aún confusas, pero mi mente barrunta escribir un texto sobre lo acontecido. Tengo madera de escritor, me digo, estando más pa’llá que pa’ca he pensado en contar mis sensaciones en un relato de no-ficción y dedicárselo a David González y decirle: “Oye, bro, este es el primer relato 100% no-ficción que escribo en mi vida. Y, ¿sabes por qué lo hago, brother? Porque es la única vez que he tenido la sensación, aunque fuera leve y confusa, de que la vida no estaba conmigo, ni yo con ella, que lo tangible, lo real, era el único clavo al que poder agarrarme.

N de A: Aunque tengo el pie escayolado y camino con muletas me encuentro estable. Que nadie se asuste. Supongo que tendré que someterme a una serie de pruebas y que resurgiré como el Ave Fénix, como siempre he hecho.

No hay comentarios: