martes, 24 de noviembre de 2009

Historia del cine


Cuando cursaba estudios de Historia del Arte en la Universidad de Salamanca, di, en el último año, Historia del Cine; una asignatura anual que posiblemente se encuentre entre las 3 mejores de toda la carrera. Se impartía a primera hora de la mañana, a las 9, y aun así asistía casi siempre… Y eso lo dice todo. Allí vimos, estudiamos y analizamos películas como Viaje a la luna, Historia de una Nación, El Acorazado Potemkim, L’Atalante o Metropolis, joyas difíciles de encontrar antes de la era e-Mule. Además elegí alguna otra asignatura optativa de cine y realicé un trabajo de investigación sobre la obra de Buñuel; una especie de mini-tesina que presenté en una clase de 50 minutos.

Desde niño me ha gustado el cine y desde niño pensaba en hacer películas, a pesar de que lo viera menos accesible que ser futbolista o arquitecto. Pero tal vez aquel curso académico representó el punto de inflexión de mi cinefilia; y entonces lo lo vi todo claro: el cine como la forma de expresión más completa. Un vicio, una pasión. En aquella época, en el último curso de Historia del Arte, el cine fagocitó todas mis bacterias y, además de devorar películas, empecé a entender el séptimo arte en toda su extensión: la historia, las influencias, las fuentes. Profundicé y busqué más allá de Reservoir Dogs y Lock & Stock, más allá de Woody Allen y David Lynch, mucho más allá de las pelis que se alquilaban en nuestro piso de estudiantes.

Corría el año 2002 y Salamanca era la capital europea de la cultura: la ciudad estaba llena de actos y eventos culturales. Además de las fiestas, los botellones y el jolgorio, se despertaba en mí un animal creativo que, desde entonces, no ha parado de crecer. El año anterior había estado viviendo en Roma y aún no me había recuperado del síndrome de Stendhal. Quizá por eso me pasaba el día visitando monumentos y exposiciones y realizando fotografías con una automática con carrete de APS. Por entonces compré el famoso libro de Román Gubern: Historia del cine (Editorial Lumen), que ahora mismo descansa sobre la mesita de mi salón. Llevo días viendo cine clásico y cine mudo y he decidido echarle un vistazo. De ahí que se me haya ocurrido contar esta historia.

En marzo rodaremos un experimento sin gaseosa que mezcla y reinterpreta cine mudo y cine contemporáneo. A veces despreciamos el cine en blanco y negro… tal vez por clásico, por recordarnos lo decimonónico, el puritanismo, el mundo de las reglas y los estándares, sin improvisación, sin riesgo, sin Buñuel, sin Bresson, sin Godard, sin Antonioni, sin Von Trier , sin Tarantino… Pero ese cine antiguo no es sólo la base, sino la lección primera y más importante, porque, aunque hayamos cambiado el Ágora por la Plaza Mayor, no se puede hacer filosofía sin leer a los clásicos…