lunes, 5 de octubre de 2009

Recuerdos de un cine de barrio


Hay gente que piensa que los recuerdos son una carga, hay gente que no entiende el concepto tiempo más allá del minuto que vive, hay gente cuya perspectiva no tiene pasado ni futuro, porque su visión pragmática de la vida se reduce a un estrecho y efímero presente. Para mí, los recuerdos son imporantes, son parte del puzle, del todo, no son ni más ni menos decisivos que otras piezas, pero, sencillamente, son...
Tal vez por eso tenía ganas de conocer este compendio de recuerdos de cine. Su autor José Ángel Barrueco, amigo de esta casa, nació en un cine. Su vida, por tanto, ha sido de película (o de películas). Yo conocí esos cines de Zamora, tanto el del barrio como el del centro de la ciudad, convertido posteriormente en multicines. El otro día le contaba al autor mis propios recuerdos de aquella vetusta sala periférica llamada Pompeya. Mi memoria alcanza a recordar dos películas: Mad Max y Los bicivoladores. He de reconocer que, en algunos momentos de la lectura, se me ha erizado el vello del brazo derecho, el que sujetaba el libro, rememorando algunos recuerdos que daba casi por olvidados.
José Ángel describe con pericia aquel viejo cine donde la madera del suelo crujía y la tapicería contaba historias. Con un perfecto uso del lenguaje y una excepcional sintaxis, los relatos de la vida del cine de barrio (porque el cine es un ente con vida en esta novela) impulsan a leer, a inmiscuirse en la historia contemporánea de la España de los ochenta, a interactuar con aquella sociedad anticuada y mesetaria, a conocer los entresijos de las capitales de provincias que querían abrir los ojos del mundo. El libro nos habla de las sesiones dobles, de los western, de las “pelis de chinos”, de las calificadas “S”, de los juegos de manos en la penumbra, de las historias de familia… de momentos de pura vida y de desgracias y, en definitiva, de la magia del cine, absorbida por los ojos de un niño que no entendía la vida sin las historias de karatekas y vaqueros. Porque el cine, para quien lo vive y lo disfruta, es una experiencia que te marca. A mí me marcó una de mis primeras visitas a una sala: Fue en 1985, proyectaban Regreso al futuro, en el cine Barrueco. Alguien, no recuerdo quién, tal vez mi tío, tuvo la brillante idea de llevarme, con seis años, a ver esa mítica cinta. Hoy hago mini-películas. Yo tampoco puedo entender mi vida sin el cine. No puedo entender ciertos recuerdos autobiográficos si no los proyecto en slow motion y con mi propia B.S.O original. Por esto, y por un cúmulo de sucesos acontecidos en las últimas semanas, esta novela ha sido una lectura especial para mí.
Lo mejor del cine, en la infancia, era salir de la oscuridad, adaptarse de nuevo al mundo real y elegir uno de los personajes de la película, para jugar con el resto de amigos. El autor del libro describe estos juegos de niños con tanta precisión que otorga al arte cinematográfico la misma importancia que a la vida real: ambas realidades se mezclan y se solapan bajo el flequillo liso de aquel chaval de doce años que leía comics y escondía su timidez tras el tapiz rojo de las butacas. Un niño que hoy, más allá de ser el escritor que es, demuestra, cada día que pasa, ser una gran persona.
Si os gusta el cine y la literatura no deberíais perderos esta lectura editada por Baile del Sol.