martes, 6 de octubre de 2009

My blueberry nights


El cine de Wong Kar-wai, director al que, como muchos sabéis, admiro, habla, en mi opinión, de una sola cosa: el amor no correspondido. Todo el mundo ha sentido alguna vez en su vida, aunque sea en la adolescencia, el desamor. Es duro de superar. La no consumación del hecho desemboca en la frustración y ésta, molesta, lleva a la obcecación. En In the mood for love, su obra maestra, la aceptación del amor imposible contiene una nota de positivismo que rompe con el drama y la tensión que produce el resto de la cinta. El hongkonés es un maestro de la forma, no se olvida del fondo, sustentado también por los simbolismos, pero cuida la forma de manera casi obsesiva. Planos perfectos en cuanto a encuadre e iluminación.
My blueberry nights (2009) es una compilación de toda su obra pero adaptada al cine occidental, con una guión más claro, más accesible al gran público. Es su primera producción americana. Un torbellino de luces y colores que sustentan unos bien trazados personajes, que tantas veces aparecen filmados a través de un cristal: asilados, separados. Transcurre en los bares, en las barras, en los casinos, en la Ruta 66. Es una historia de losers que ganan cuando logran definir, realmente, qué era lo que estaban buscando.
90 minutos, la cifra exacta para una película. Hay que escribir muy bien para meter una historia en 90 minutos, pero es lo justo para el público. Wong Kar-wai, como muchos otros maestros de la cinematografía, es capaz de hacerlo. En 90 minutos se puede calar hondo en el espectador. Durante la proyección, en un momento dado, los acordes de Yumeji’s theme
, la famosa banda sonora de In the mood for love, reinterpretados al piano, consiguieron estremecerme. In the mood for love, para mí, tiene signicados casi infinitos, todo me enlaza con todo.
Jude Law, Norah Jones, Natalie Portman y una esplendida y ultra atractiva Rachel Weisz componen los lados de un rectángulo que representa el aprendizaje, el conocimiento propio, la pérdida del miedo a amar. Sin alcanzar la excelencia de sus producciones orientales, merece la pena ver este film... o sentirlo, depende del nivel de óxido de cada corazón.